Por: Esteban Carlos Mejía
Rabo de paja

La escuela de música

Antenoche, jueves 3 de mayo, día de la Santa Cruz y los Mil Jesuses, estuve en la presentación de la más reciente novela de Pablo Montoya. Se llama La escuela de música (Literatura Random House, abril 2018) y, obvio, es una novela musical.

Pablo, con la picardía a duras penas disimulada bajo su semblante de profesor universitario, conversó con Andrés Posada Saldarriaga, uno de los más notables compositores de música dodecafónica en Colombia. Fue una charla deliciosa y versátil. Trataré de hacer un resumen, a la espera de que mi amiga Isabel Barragán acabe de leer la novela y me la comente con su marrulla de femme fatale.

Para empezar, Posada dijo que el libro era música hecha literatura. Pablo explicó que La escuela de música fue la primera novela que escribió. La empezó hacia 1984, cuando tenía 19 años y estudiaba música en Tunja. Muy pronto enfrentó un problema casi insoluble: su confusión acerca de la creación en sí. Hasta que se decidió por escribir una novela de formación (Bildungsroman) al estilo de Thomas Mann o Robert Musil, con cuestionamientos sobre la relación de la música con la literatura, la política, la enfermedad, la sanación, los nacionalismos. Discusiones y polémicas de la Colombia de los años 80 del siglo XX, época en la que no había donde estudiar música en el país, según anotó Posada.

Al cabo de 466 páginas, Pedro Cadavid, alter ego de Pablo, está formado. Ya sabe lo que es cargar muertos en su espalda. “Es mi novela total, de aprendizaje, generacional, en un país en llamas”, dijo Pablo. Después de recibir el Premio Rómulo Gallegos por Tríptico de la infamia, comprendió que su siguiente obra debía ser aún más larga para desarrollar personajes y tramas.

Posada y Pablo aludieron a la presencia de lo colectivo, lo coral, en la novela. La primera parte, signada por el deseo y la promiscuidad, “el coqueteo hormonal”, se cristaliza con Carmina Burana, de Carl Orff, una cantata pagana, disoluta, irreverente. En la segunda parte, la novela se politiza y la música gira alrededor del Canto general, de Pablo Neruda y Mikis Theodorakis, utopía impotable. Sangre, terror y muerte lo cubren todo en la parte final del libro. De ahí el Requiem, de Hector Berlioz. “Es un capítulo escrito en un trance de sublimación”, reveló Pablo.

Por último, Posada dijo que Pablo Montoya era el último heredero latinoamericano del Romanticismo con su inflamable pasión por la literatura y la música. “Y La escuela de música es un rondó, un poema sinfónico para abrirnos los ojos y quitarnos el musgo de los oídos”, concluyó. Yo suscribo lo dicho.

Rabito: “Fue como una revelación. Tunja era una ciudad de interiores hermosos. […] No existía tal pátina lúgubre del ayer, sino una secreta irradiación. Y esta era impertérrita y fecunda. Él traspasaba los umbrales y los zaguanes. Deambulaba por los recintos de las casonas. Miraba aquí y allá como si estuviera apurando una poción mágica”. Capítulo "Interiores".

Y rabillo: “Medellín había estado tejida desde sus orígenes por la codicia del dinero. […] Al embeleco de la plata se habían unido dos instancias igualmente sórdidas. Por un lado, su pedagogía conservadora, que veía en cualquier comportamiento laico la cara de un comunismo malsano. Y, por el otro, se manifestaba, como pústulas históricas, una inequidad social de proporciones más o menos vergonzosas”. Capítulo "Medellín". La escuela de música. Pablo Montoya.

@EstebanCarlosM

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