Por: Salomón Kalmanovitz

La ética protestante y el espíritu del capitalismo

El 31 de octubre de 2017 se conmemoran cinco siglos del movimiento reformista contra la Iglesia católica que se inició en un lejano y atrasado confín del norte de Alemania por el monje Martín Lutero. Se trató de una crítica profunda a la mercantilización de las autoridades eclesiásticas, a su corrupción y derroche, pero también a los principios sobre los que descansaba la doctrina de la Iglesia.

La reforma se inspira en el movimiento cristiano primitivo, la vuelta al evangelio de Jesucristo y sobre todo de Pablo, un retorno a su forma original. Por eso pregona la igualdad de los fieles y la práctica democrática de la religión. Solo la fe en un dios que otorga graciosamente la justificación de los creyentes y una vida de penitencia y austeridad conducen a la salvación.

Lutero no solo condena las indulgencias con que los pecadores podían lavar sus faltas mediante un pago de dinero, sino el propio sacramento de la confesión: la salvación depende de la relación individual con Dios y de las obras de los fieles, de tal modo que cambia radicalmente el papel del oficiante, ahora pastor quien se dirige a los fieles de frente a ellos, les habla en lengua vernácula de igual a igual y los llama a leer por sí mismos la Biblia. Acaba también con la legión de santos, cuestiona sus milagros y se deshace de imágenes, crucifijos, amuletos y del agua bendita. Critica el celibato porque degrada la sexualidad, la mujer, el matrimonio y la familia.

Lutero defiende las virtudes del trabajo común y lo santifica. Condena la usura sin entender la necesidad de la intermediación financiera para el desarrollo capitalista; también expresa un fuerte prejuicio antisemita que comparte todavía con la Iglesia católica. Se opone a Copérnico por contradecir la Biblia. Lutero condenará las revueltas campesinas contra los príncipes alemanes, muchos de los cuales se convierten al luteranismo.

Un poco más adelante, Calvino en Ginebra, una de las ciudades más desarrolladas de Europa en el siglo XVI, sistematizará la nueva teología y las reglas del protestantismo en su Institución de la religión cristiana, cuyo tema central es “el conocimiento de Dios y de uno mismo”; este se tornará en el libro con mayor circulación de su época y en un punto alto del desarrollo del francés moderno. Calvino estará abierto al préstamo de dinero y lo permitirá a los fieles, quitándole el rasgo de profesión maldita. También estará abierto a los avances científicos de la época, pero en política será dogmático y autoritario.

Calvino acentuará la doctrina de la doble predestinación en la que Dios impenetrable ha decidido quién se condena a la muerte eterna y quién se salva, pero le abre un resquicio a las buenas obras de los fieles y a su éxito económico como señales de que están en gracia con Dios. Es una vida llena de incertidumbre, de angustia y de introspección que obliga al cálculo y a la organización metódica de la vida.

La ética protestante será completada por los puritanos en el siglo XVII, quienes debilitarán la doctrina de la predestinación e insistirán en que las obras y el éxito en la acumulación de riqueza de los individuos, acompañados de estricta austeridad, son señales de su salvación. El espíritu del capitalismo, como lo analiza Max Weber, le dará sustento cultural al fenomenal desarrollo capitalista en Europa del norte y en las colonias anglosajonas de América durante los siglo XVIII y XIX.

 

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