Por: Juan Carlos Botero

La falta de autocrítica

Es una de las cosas que más me sorprenden de la condición humana. Nuestra infinita capacidad de ser ciegos ante nuestros propios defectos, la miopía para detectar a tiempo nuestras más evidentes hipocresías y nuestra inmensa ceguera ante nuestras más claras incoherencias. Conozco pocas personas que son realmente autocríticas, y no es casual que casi todas sean artistas. Es lógico. El pintor, el músico, el cineasta y el escritor tienen algo en común: cada día se cuestionan y critican sus propias ideas, convicciones, palabras, formas o imágenes, tratando de pulir y mejorarlas, y además se enfrentan, a menudo, al gran arte de sus maestros, que suele ser muy superior al suyo, y éste pone en perspectiva los logros personales. Muchos artistas (aunque no todos, claro) tienen la autocrítica incorporada en su ser. Es parte del oficio.

Pero hay otros que no la han visto ni en las curvas. Por ejemplo, conozco mucha gente piadosa. Más aún, son personas gentiles y generosas, que defienden sus creencias religiosas, que hablan del amor que profesan por su dios, de la frecuencia que van al templo y lo mucho que rezan cada día. Son creyentes, y abrazan con firmeza los dogmas de su religión. No obstante, varios de éstos tienen un rasgo que no les produce la menor inquietud de conciencia: son racistas. Mejor dicho, se ufanan de ser personas de fe pero desprecian a grupos enteros de seres humanos por un atributo físico: el color de la piel. Un atributo tan arbitrario como la talla del calzado o el color de los ojos. Su falta de autocrítica les impide ver semejante incoherencia, la de creerse buenas personas a la vez que rechazan al prójimo, cuando no se puede ser bueno y racista al mismo tiempo.

Hay otro grupo en donde abunda la falta de autocrítica: los padres de familia. Claro, ahí todos aspiramos a ser los mejores padres del mundo, y muchos de veras creen que lo son, pero dentro de este grupo hay casos insólitos. Como la madre que pontifica sobre cómo se debe criar a los hijos, pero decidió divorciarse y dejar a los suyos en manos de su exmarido para dedicarse a su gran pasión: la cría de perros. O el padre que no vacila en criticar a otros padres, pero durante el reciente huracán que pulverizó el Caribe y aplastó parte de la Florida prefirió exponer a su esposa y a sus hijos a los peligros de la naturaleza porque, en su opinión, el huracán no era alarmante. Y eso lo dijo hasta que le tocó salir corriendo, evacuando su casa a última hora, y cuando regresó la encontró en ruinas.

Aun así, quizá los que más me impactan por su falta de autocrítica son los políticos. Ya sé, ya sé: se me dirá que eso es normal, que ser hipócrita y prometer lo imposible es parte de toda campaña electoral, un rasgo inevitable de la política. Pero hay hipocresías de hipocresías. Y ahora estamos viendo una de las mayores: el Partido Republicano en EE. UU., después de ondear la bandera del déficit fiscal durante todo el gobierno de Obama, criticando el gasto excesivo en programas de salud pública, empleo nacional, infraestrutura y asistencia social, ahora propone un aumento del mismo déficit en 1,5 trillones de dólares. ¿Para qué? Para recortarle los impuestos a los ricos. O sea, a sí mismos. Sin duda, como falta de autocrítica, ésta debe ser de las peores de la historia reciente.

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