La “fea” de la fiesta

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El truco es el siguiente: dejar por fuera de las negociaciones al que puede alterar la balanza y poner en peligro el juego de siempre. No sacar a bailar a la que, justa o injustamente, llaman “la fea de la fiesta”. A esa, la dejan comiendo pavo, es decir, sentada sin otra alternativa que ver como los otros se divierten.

Tal parece que Petro volvería a ser la “fea de la fiesta”, a juzgar por las últimas declaraciones no sólo de Sergio Fajardo, sino de Humberto de la Calle, quien en charla con Los Danieles (Daniel Coronell y Daniel Samper Ospina) no quiso responder si votaría o no por el exalcalde en caso de que éste resultara escogido como candidato único de una coalición de centro izquierda.

Fajardo quiere proyectarse como el apóstol aséptico (su lema fue, alguna vez, ni con Uribe ni contra Uribe), capaz de conducir al país por el sendero del centro (¿democrático?), cualquier cosa que eso sea. De entrada, sin nombrarlo con todas sus letras, pero blanco es, gallina lo pone y frito se come, dice que lo suyo es aislar a los extremos. Es claro que el aguerrido líder de la Colombia Humana no parece entrar en los planes de quienes buscan una alternativa al rancio establecimiento político.

¿Quiere decir, entonces, que Fajardo jugaría de nuevo al aguafiestas si en una consulta popular no es él sino Petro el ungido como el candidato único para buscar una transformación real del país? De la Calle dejó en claro, eso sí, que si el exgobernador de Antioquia o el senador Jorge Robledo ganaran dicha consulta, él si votaría por cualquiera de los dos.

A Petro le critican algo que sigue siendo un sapo difícil de tragar en la tradición política colombiana: que, desde la civilidad y con un caudal electoral innegable, haga oposición de verdad, no la de los compadres que se miran feo en público, y se dan la mano en privado y beben whisky hasta el amanecer. Hace poco hubo conmoción y las redes sociales explotaron cuando el ex guerrillero del M-19 propuso la “desobediencia civil”, y, al respecto, dos acciones concretas: dejar de pagar los servicios públicos y no mandar los niños al colegio.

Por supuesto, Petro no es Mahatma Gandhi o Martin Luther King. Por lo tanto, ni la gente dejó de pagar el agua o la luz en masa, ni se preparó para, cuando sea el momento, mantener a sus hijos en la casa, en obediencia a la consigna de su líder. Pero la táctica de oposición que hace el gran timonel de la Colombia Humana es válida pero exótica para una cultura política con mentalidad frentenacionalista.

“Incendiario”, “dogmático”, “irresponsable”, son los calificativos que ha utilizado un sector importante e influyente de la opinión pública para descalificar al senador. Es el caso, por ejemplo, del abogado guajiro José Manuel Abuchaibe. Mediante una demanda en el Consejo de Estado, busca la muerte política de Gustavo Petro. Abuchaibe ya logró, también a través de una querella en ese alto tribunal, anular la elección al Senado de Antanas Mockus.

En su alegato, el abogado afirmó lo siguiente a la revista Semana: (Petro) “irrespeta la dignidad parlamentaria que obtuvo por ley y que utiliza, dado su reconocimiento e importancia social e institucional, para influir sobre la comunidad, crear pánico y zozobra, además mediante este populismo ‘irresponsable’ busca en el futuro ser elegido presidente. (…) ¿Puede un senador de la república de Colombia irrespetar a las autoridades legítimamente constituidas como lo son el presidente, fiscal, registrador y alcalde de Bogotá, declarando no reconocer legitimidad en el presidente Duque por haber sido elegido por el narcotráfico y solicitando a la comunidad desobediencia civil y dejar de pagar los servicios públicos?”.

Lo increíble es que un sector de la izquierda cree lo mismo, palabras más, palabras menos. León Valencia censura que Petro ejerza su derecho a defender su obra de gobierno y criticar, a veces de manera ácida, a la actual alcaldesa de Bogotá. Le parece un exabrupto, una actitud irracional. Y hay toda una corriente que ve en Uribe y Petro a dos botafuegos, dos extremos de una misma moneda: el populismo caudillista.

Sin entrar a diseccionar las enormes diferencias de estilo, tácticas y discursos de los dos dirigentes, con respecto a Petro no hay que confundir su estilo pendenciero y a veces repelente, con sus propuestas concretas. Ahí es donde habría que comenzar a discutir cualquier posibilidad de unión con otros sectores progresistas.

De la Calle habla de empezar al revés: lo que no se aceptaría en una posible coalición, las líneas rojas que no se podrían cruzar. ¿Eso qué significa? Por lo que he leído y oído de Petro, por ejemplo, no está muy lejos de los puntos que se firmaron en el acuerdo de paz con las Farc. Una transformación de fondo en Colombia pasa por romperle el espinazo al narcotráfico, pero no al ritmo de la partitura escrita en Washington, sino bajo las condiciones específicas de las economías campesinas. Pasa también por desmontar el aparato de guerra sucia, que tiene una pata muy grande incrustada en la institucionalidad, llámese Estado o empresa privada. Incluye, además, una reforma tributaria progresista, e iniciar un proceso de dejar de depender de las energías no renovables y de las materias primas como única fuente de crecimiento económico. Y lo fundamental: acabar en serio con la corrupción que, a su vez, debilita y deslegitima la democracia. Que esas castas regionales, que ahora tienen a uno de los suyos presidiendo el Senado de la República, sean derrotadas por la voluntad popular.

Faltan dos años todavía para las elecciones presidenciales, pero los estragos de la pandemia han dejado al desnudo la incompetencia de la actual administración, acrecentado las dificultades económicas para los pequeños y medianos empresarios y lanzado a la pobreza a millones de personas. ¿Cuál será el ánimo y las aspiraciones de los electores para 2022?

Lo que sí es claro es que la exclusión no funciona. De la Calle debe recordar muy bien, porque en ese entonces era ministro de Gobierno, que bombardear Casa Verde -símbolo de las negociaciones de paz con las Farc – el mismo día (9 de diciembre de 1990) que se elegían a los miembros de la Asamblea Constituyente de 1991, prolongó y profundizó la guerra por más de dos décadas. La nueva Constitución, por lo tanto, no logró el hecho histórico de acabar con los factores profundos del conflicto armado. Quedó a medias. No fue la famosa “carta de navegación” que con tanta pompa quiso vender el presidente de la época, César Gaviria.

El juego, entonces, debe cambiar. Para completar esa tarea inconclusa, la de evitar que se prolongue a perpetuidad esta violencia nuestra de todos los días, es necesario no excluir a nadie en un gran acuerdo de las fuerzas que quieren una paz definitiva. Hay que sacar a bailar a la supuesta “fea” de la fiesta, y no es sólo a Petro, sino al final a esa aspiración de millones, tantas veces postergada, de vivir en un país más o menos decente.

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