Por: Marc Hofstetter

La fuente

Las luces de la edificación iluminaban la fuente acuática vertical y cilíndrica que fluía desde la parte alta y rompía estruendosamente contra el suelo. Los colores del fondo de la construcción le daban tintes dorados al agua en su recorrido fugaz. El público miraba con fascinación el espectáculo, que bien podía ser el lanzamiento de eventos públicos navideños; pero no lo era. Se trataba de un boquete que se había abierto en el techo del aeropuerto de Bogotá en medio de torrenciales lluvias que, estancadas en la parte alta, fluyeron a gran velocidad sobre las zonas de registro a través del hueco neonato.

Si hubiera sucedido en la casa de alguno de nosotros, el tema habría terminado con una llamada para cuadrar las reparaciones y unos trapos para recoger el desastre interno. Supongo que si hacemos eso en casa también debíamos prescribirlo para un edificio público. Pero en asuntos públicos rara vez nos quedamos en la etapa de reparaciones y trapos. Pocos minutos después de abierto el boquete y desencadenado el espectáculo natural, este se difundía en las pantallas de medio país, desde las cuales se diagnosticó rápidamente la causa última del chorro épico: ¡corrupción! Voces sensatas, como la del exministro Alejandro Gaviria en Twitter, clamaban que “no todo es corrupción”, pero ya era, una vez más, muy tarde.

En el transcurso del mismo día la Contraloría, la Procuraduría, la Aeronáutica y la Supertransportes anunciaban exhaustivas investigaciones: ¡el aparato estatal completo, volcado sobre el tornillo suelto de una canaleta! Con suficiente presión mediática, sin duda el Estado exhibirá, más tarde que pronto, las cabezas de funcionarios y contratistas que por acción u omisión encontró culpables de la fuente sorpresa. Algún funcionario quedará inhabilitado y habrá quienes exijan que la empresa responsable salga del país. Kafka se sonreiría. O tal vez se nos olvide el caso y los amplios dossiers de las múltiples entidades estatales no encuentren el tornillo perdido y el caso termine prescribiendo.

Y comenzará así otro día. En este quizás un reconocido columnista “denuncie” que la pareja de un ministro ocupa el cargo de consejero presidencial y deje en el aire la idea de que eso es corrupción. No lo dirá explícitamente, pero el lector estará cordialmente invitado a concluir eso mismo. Más tarde algún político adalid de la moral que siempre está —por fortuna— en la oposición, se opondrá (¡cómo no!) a alguna política pública. Echará mano de teorías conspirativas que explicarían las “verdaderas” intenciones —maléficas y corruptas, por supuesto— del funcionario que las propuso. Quizás aprovechará para hacer un debate al concesionario del aeropuerto por la debacle del mismo. El tornillo perdido —argumentará indignado— señala claramente una intención de ocultar una corrupción que llega hasta las esferas intocables de este país. Se sumará al coro otro político sugiriendo arrasar con el régimen corrupto. Las redes sociales, pareciera, están en mora de adaptarse a estos tiempos: urge incorporar el botón de “corrupto”.

Twitter: @mahofste

 

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