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En días pasados se celebró en Bogotá una ceremonia para conmemorar la finalización de la Primera Guerra Mundial. Organizada por las Fuerzas Militares, contó con la venia del Reino Unido, de Francia y de los Estados Unidos, es decir, de los países victoriosos en aquella conflagración. El objetivo era ratificar un compromiso de paz.
El 11 de noviembre de 1918, es decir, hace 100 años, se firmó un armisticio en Compiègne. Fue el antecedente del Tratado de Versalles con el cual, oficialmente, se selló la paz. Después de seis meses de negociaciones los aliados impusieron su voluntad. Alemania no solo había perdido la guerra. Estaba cruzada por la revolución de noviembre, que comenzó con un motín de marineros y terminó con la caída del káiser y el surgimiento ulterior de la República de Weimar.
Los vencedores impusieron unas obligaciones que los alemanes consideraron abusivas. Generaron rabia ciudadana contra sus dirigentes y contra los países victoriosos que, a juicio del ciudadano común, habían pisoteado la dignidad alemana. Pero además nació un nuevo mapa de Europa: colapso del Imperio alemán, se desintegró el Imperio austrohúngaro y desapareció el Imperio otomano.
Allí brotó también la semilla de una nueva guerra. El ascenso de los fascismos y de los comunismos cabalgó sobre posturas fundamentalistas y sobre el desconocimiento de los derechos del “otro”. Ambos privilegiaron sentimientos bélicos: los primeros, la nación y la raza; los segundos, el partido y la clase. Ambas cosas sembraron sentimientos de odio. Por eso no creo que haya muchas razones para celebración alguna, salvo que el final de cualquier guerra es una buena noticia.
En la segunda mitad del siglo XX Europa ensayó acuerdos que, finalmente, dieron origen a lo que hoy es la Unión Europea, quizás el pacto de paz más serio que conoce la historia moderna. Mientras tanto los gringos se habían convertido en el único país del mundo que se atrevió a arrojar, sobre otro, una bomba atómica. Y en otras latitudes salían a la superficie resentimientos centenarios, dormidos desde cuando Occidente decretó su expansión militar y económica en el planeta.
Leí un texto que Néstor Hernando Parra, intelectual colombiano residente en España, publicó en su blog, cuyo título hurté para esta columna. Sugiere que el presente es el único espacio donde se construye el futuro, pero recoge una frase según la cual, por andar pendiente de la actualidad, el hombre del siglo XXI se olvidó del presente. Esa impostura vuelve indolentes a las personas. Las hace insensibles, indiferentes. En términos colectivos estimula el choque de civilizaciones, de que habla Huntington. Eso no sería un debate de culturas, sino un abono a las semillas del odio.
En su tránsito hacia el siglo XXI la democracia liberal ganó terreno para globalizar la economía, pero lo perdió para globalizar la convivencia. En ese proceso germinaron populismos tan autoritarios como peligrosos. Donald Trump, Nicolás Maduro, Giuseppe Conte, Rodrigo Duterte, por ejemplo, son amenazas para la tranquilidad de este mundo plural, porque tienen en sus manos responsabilidades de gobierno que su mente tribal parece incapaz de dimensionar.
*Exsenador, profesor universitario.
