Por: Santiago Villa

La guerra comercial China-EE. UU.

Al tiempo que Estados Unidos se aísla de sus aliados europeos, y desprecia a los países del Sur global, arrecia la llamada “guerra comercial” con China.

Estados Unidos ha tenido una compleja relación con China desde 1972, cuando comenzaron los acercamientos entre Richard Nixon y Mao Zedong. A diferencia de la Unión Soviética -y luego Rusia-, aunque existe una rivalidad militar entre China y Estados Unidos, el acercamiento entre economías y pueblos es cada vez más estrecho, en especial entre la clase dirigente.  

Los chinos adinerados admiran a los estadounidenses. Incluso imitan ciertas características de su estilo de vida. A las afueras de Beijing se construyen conjuntos cerrados que reproducen el sueño americano: casa, perro, coche y niños que saben hablar buen inglés. Esto último, que sepan inglés, es la obsesión de la clase dirigente china con sus hijos, que luego los envían a las universidades de Estados Unidos.

Las relaciones de China y Estados Unidos, entonces, se mueven en terrenos paralelos. Por un lado, hay cada vez más acercamientos culturales y económicos, que es la base de la armonía entre los dos países. Por otro, hay una intensa lucha por la influencia diplomática y militar en el Océano Pacífico y resentimiento por las consecuencias que entre la clase trabajadora de Estados Unidos produjo la mano de obra barata de China, y su intensa industrialización.

Los Estados Unidos trata de mantener una posición global que se erosiona. El país no volverá a ser lo que fue entre los años 50 y 80. “Make America Great Again” es una frase sentimental y peligrosa, porque invita a tomar posiciones combativas en lugar de tender puentes. En especial desde la presidencia actual, que considera que ser grande es algo que se hace a costa de los demás.

En el ámbito de la industrialización, por ejemplo, va en contravía de la historia pensar que las industrias que se fueron de Estados Unidos para ahorrar costos de producción regresarán. Tienen otras opciones que comienzan a ser interesantes a medida que resulta más atractivo trasladar industrias a otros países en vías de desarrollo. El sudeste asiático y luego África serán las siguientes chinas. Tendrán mano de obra barata y débiles leyes laborales: algunos de los grandes atractivos de las empresas chinas. Faltaría la excelente infraestructura de China, y quizás la febril cultura de trabajo, aunque estas cosas son difíciles de medir de una cultura a la siguiente. Vagos y trabajadores hay en todas partes del mundo. Lo que hay quizás en China, que no en otras partes, es la enrome masa de juventud dispuesta a desarraigarse de sus pueblos natales, y sumergirse en las fábricas día y noche, para enviar dinero a sus pueblos.

No hay guerra comercial que revierta este proceso.

En cuanto a Huawei, la decisión ilegítima, por parte de Estados Unidos, de impedir su uso de plataformas Google, pretende asestar varios golpes a la vez que, como un boxeador cansado, le desgastarán sin lograr un knockout. Google probablemente terminará dividiendo Android en dos, para no perder el mercado de China y muchos usuarios de Huawei en el Sur global.

Entretanto, la maniobra no logra impedir que Huawei utilice las plataformas 5G, que es el objetivo estratégico-militar de Estados Unidos. Es una política extremadamente agresiva, extraña, y poco probable que pueda sostenerse indefinidamente en el tiempo.

La “guerra comercial”, entonces, tiene un elemento estructural y otro de “fantochismo”. El estructural es que la clase trabajadora de Estados Unidos está sufriendo por la robotización de sus industrias y el traslado -no se puede negar- de la producción hacia donde la mano de obra es más barata. El problema es que entrar en una guerra comercial con China e imponerle tarifas no afecta este proceso.

El “fantochismo” es atacar directamente a compañías como Huawei (capturar a su gerente, prohibir su acceso a tecnología), que mezcla objetivos geoestratégicos con objeticos comerciales.

Durante 35 años, el acercamiento comercial ha mantenido una buena relación entre Estados Unidos y China, a pesar de su rivalidad geoestratégica. El precio de desestimar esto es el aumento de tensiones en el mundo. No le conviene al mundo. No le conviene al pueblo americano. Pero le conviene a las fuerzas armadas de Estados Unidos.  

Twitter: @santiagovillach

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