Rabo de ají

La guerra de la lepra

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La historia de un ejército de leprosos, listos a usar las mirillas de sus fusiles y lisiados para jalar los gatillos, tiene pólvora y tinta desde hace 140 años. La protagonista es Molokai, una isla de Hawaii, la quinta en tamaño, coronada por dos volcanes para que no falte fuego. A todo el archipiélago llegaron los blancos, los colonos de Europa y América con las promesas de siempre: “Los que predicaban la palabra de Dios y los que predicaban la palabra del ron se han unido y convertido en grandes jefes”. Los cultivos de caña se hicieron penitencia y salvación para los nativos: “Como no queríamos trabajar los campos de caña de azúcar donde un día pastaron nuestros caballos, trajeron esclavos chinos de allende el mar. Y con ellos vino la enfermedad china que sufrimos y por la que nos encarcelan en Molokai”.

La queja de ese nativo está escrita en un cuento de Jack London llamado Koolau, el leproso, y la enfermedad china no es otra que la lepra, como se le conocía en ese entonces, a finales del siglo XIX, a esa peste que luego la ciencia nombró como la enfermedad de Hansen. La lepra y el embate final de los colonos habían llegado a Hawaii. Era necesario proteger a los blancos de esa deformidad que sufrían sobre todo los nativos. Una península en la isla de Molokai se eligió como sitio de confinamiento para los enfermos. Era un poco bizarra esa comunidad a la vez idílica y viciada, pero igual eran extrañas la enfermedad, la tierra y las costumbres de los isleños.

Hasta hace cinco años todavía algunos enfermos de lepra vivían en la península Kalaupapa, ahora la condena era una costumbre. Fueron cien años de exilio forzado para cerca de 8.000 personas sometidas al “tratamiento”. Familiares de los “apestados” han preguntado por sus cuerpos y se han hecho más de mil exhumaciones. Los tratamientos tienen siempre algunos problemas en su implementación y se trataba sobre todo de cuidar a las mayorías más vulnerables.

Pero prometí una guerra y todavía no se ha disparado. En 1893 el embajador de Estados Unidos en el Reino de Hawaii estaba listo para empujar la llegada de los marines; un informe sobre la corrupción de la reina Lili‘uokalani y un gobierno provisional eran las viejas maneras. Pero esa era la gran batalla. El mismo año un leproso daba su pequeña guerra en el valle de Kalalau, en la isla Kaua‘i, desde donde una parte de su comunidad afrontaba la enfermedad y la amenaza del traslado a Molokai. El sheriff Louis H. Stoltz fue encargado de someter a la población y terminó muerto por un disparo de fusil. Luego de tres días de persecución el sheriff moría bajo las armas de Ko‘olau, a quien acompañaban su esposa, su hijo y algunos vecinos. El gobierno provisional no soportó la afrenta y envió soldados y cañones para tres emboscadas sucesivas. Ko‘olau ya lideraba un grupo de al menos ocho hombres con fusiles y pistolas. Conocían las cuevas y los riscos de la isla. Hubo más soldados muertos y una retirada de los hombres blancos. Ko‘olau, el jefe de la escuadra, nunca conoció la “prisión médica”, pero 27 de sus hombres, enfermos de lepra muchos, fueron capturados y llevados a Molokai. London se sumó al bando de los enfermos desde la trinchera de Koolau, el leproso: “… aún me queda un vestigio de pulgar que puede apretar el gatillo con la misma fuerza con que ayer lo hacía su desaparecido vecino. Amamos Kaua‘i. Vivamos o muramos aquí, pero no vayamos nunca a la cárcel de Molokai. La enfermedad no es nuestra. No hemos pecado”.

La guerra, la política y la peste estaban juntas en medio de los riscos, buscando “ayudar a las criaturas torturadas por milenios de infierno”.

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