Por: Armando Montenegro

La historia de Caballero

Antonio Caballero produce en prosa algunas de sus mejores caricaturas, tal como les consta a los lectores de sus columnas. Es infortunado, sin embargo, que las mismas cualidades que lo hacen un destacado caricaturista —la ingeniosa exageración, la aguda deformación de ciertos rasgos, entre otras cosas— estropeen su tránsito de caricaturista a escritor de ensayos de historia.

Su libro reciente es una tosca caricatura de la historia. A sus ojos, Colombia, sin matices ni atenuantes, no es más que un país agobiado por la violencia y el crimen, resultados de la corrupción y la incompetencia de sus oligarquías (sólo se escapan a este juicio, eso sí con salvedades, Santander, Carlos E. Restrepo y Eduardo Santos). Con su manera sesgada de mirar y opinar se podría concluir que la historia que “siempre termina mal” no sólo es la de España y Colombia, sino la de Argentina, México, Estados Unidos, Rusia y, en últimas, la de cualquier país del mundo… como Caballero no consulta cifras ni estudios y tampoco tiene en cuenta comparaciones internacionales, obviamente ignora, entre tantas cosas, que, a pesar de todos sus problemas, el ingreso y la calidad de vida de los colombianos son hoy más altos que nunca, y que su pobreza es la más baja de la historia. Y, por eso mismo, concluye que “el delito es el recurso natural que más empleo da en Colombia”.

En sus capítulos abundan inexactitudes y exageraciones. Una pequeña muestra de las primeras (no me refiero a las segundas por falta de espacio) incluiría, por ejemplo: la sífilis ya estaba en América mucho antes de la llegada de Colón (no la trajeron los europeos, como dice Caballero); el gobierno de Marco Fidel Suárez estableció el impuesto de renta en Colombia, por iniciativa de Esteban Jaramillo (no fue el de López Pumarejo); el economista Albert Hirschman defendió la reforma agraria de los años 60 (en este y otros temas se enfrentó a Currie); el proteccionismo no ha sido progresista en Colombia (fue el sello de la Regeneración y los gobiernos conservadores del medio siglo XX); la educación laica y estatal fue impulsada por Santander y los radicales (no fue un milagro). Y hay muchas otras cosas por el estilo.

Muchos lectores seguramente notarán que el lanzamiento del libro de Caballero se produce poco tiempo después de la publicación de las obras de dos historiadores serios: la Historia mínima de Colombia, de José Orlando Melo, y En busca de la nación colombiana, de Daniel Pécaut (un registro de sus conversaciones con el profesor Alberto Valencia), en las cuales sobresalen la precisión y el equilibrio de sus juicios, así como el registro cuidadoso de una serie de investigaciones recientes (en la caricatura de Caballero, en cambio, se citan sólo unos cuantos textos relativamente antiguos, algunos buenos, y mucho Google, tal como lo reconoce el autor).

Por último, es difícil no pensar que, si Antonio Caballero estuviera comentando un libro como éste, seguramente haría alguna referencia a su blanca pasta dura con brillantes letras doradas labradas, al costoso papel de sus páginas y las decenas de caricaturas a colores que las ilustran, todo con cargo a las finanzas del Gobierno de Colombia.

Antonio Caballero (2018), Historia de Colombia y sus oligarquías, Bogotá, Ministerio de Cultura, Crítica y Biblioteca Nacional de Colombia.

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