Por: Javier Ortiz

La huelga más larga

La semana pasada tuve que quedarme dos días más de los presupuestados en Pereira por culpa del paro de pilotos de Avianca. Los organizadores de Festival de Literatura que se realiza en esa ciudad me enviaron tiquetes para viajar desde Cartagena con escala en Bogotá por otra aerolínea. No me percaté que el regreso, sin embargo, era por Avianca. Cuando intenté hacer el registro por internet en la mañana del día de mi viaje, me encontré con la sorpresa de que mi vuelo ya había salido. La empresa, sin un correo de notificación, canceló el vuelo de la noche, en el que viajaría, y me reacomodó en el primero que se le ocurrió. Es decir, casi 12 horas antes salió un avión en el que según ellos yo debía embarcarme guiado por la divina providencia. Traté de explicar que no había manera de que yo adivinara el cambio, pero nada se pudo hacer. El próximo vuelo posible con destino a Cartagena era dos días después.

En esa situación uno suele sentirse atrapado, en un mundo que se supone interconectado, sin poder salir de una ciudad, sin poder regresar a casa, sin poder cumplir los compromisos pendientes. La reacción más fácil es maldecir a los pilotos en huelga, pero hay que mirar el fondo del vaso. Dos días más en Pereira se solucionaron con la calidez de los organizadores del festival, con la compra de un par de calzoncillos y dos camisetas, y con dos o tres llamadas para aplazar los pendientes.

La huelga de los pilotos de Avianca nos tiene incómodos a todos; sin embargo lo que está en juego es mucho más profundo. La dignidad de los trabajadores es el centro de la discusión, el derecho a la igualdad, a obtener las mismas condiciones que otros pilotos de la misma empresa en otros países. Pero no es sólo eso; en el corazón de la lucha de los pilotos también está la exigencia por las condiciones de la seguridad aérea y eso nos compete a todos, incluso a aquellos que no se suben a un avión. De lado también está el tema del derecho a la protesta. La pretensión de ilegalidad de la huelga sienta un precedente letal sobre las luchas de otros sectores también. A este listado de temas se suma el papel de los medios de comunicación y su tan acostumbrada atención sobre las incomodidades de las huelgas y el desconocimiento de sus razones. Por qué no se preguntan qué motivos hay de fondo para que unos pilotos que muchos consideramos la élite en el mundo laboral estén protagonizando la huelga más larga en la historia del gremio; y quizá nosotros deberíamos preguntarnos por el tamaño de la pauta de Avianca en los medios de comunicación.

De todas las aristas posibles, hay una que llama especialmente la atención: Cómo cierta opinión pública defiende a Avianca como una empresa de orgullo nacional. ¿En qué momento el negocio de un privado se convierte en símbolo patrio hasta el punto de considerar a los huelguistas unos traidores desagradecidos? ¿En qué momento se empezó a considerar a Efromovich el portador de la bandera colombiana, de dónde se saca tanta indignación para darles la espalda a los pilotos para defender un proyecto con tanta pasión, que como es natural, enriquece sólo al que se enriquece? Ya quisiera uno que los colombianos defendiéramos con tanta pasión lo público como se defienden los intereses de los particulares. A Efromovich debemos reconocerle su habilidad para los negocios, pero no más que eso; y a los pilotos reconocerles el sentido de su lucha antes de hacer juicios cómodos y ligeros por las redes sociales.

 

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