La importancia de una pregunta

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En décimo grado un profesor solía preguntarnos “¿Qué aprendieron hoy?” Su clase era dos veces por semana y siempre a última hora.

Entre todas las preguntas que nos hacían los profesores esa era la más compleja, pues, no había respuestas correctas e incorrectas. Por el contrario, era un viaje al interior de mí mismo y me confrontaba con la forma en que se relacionaba con el tiempo y el conocimiento.

En muchas ocasiones esa pregunta me produjo angustia por no tener nada que contestar y, aunque el profesor nunca señalaba a nadie para responder, los segundos de silencio en el aire me llenaban de culpa. Entonces pensaba que podía responder algo de memoria, cualquier cosa y saldría del paso, pero me quedaba callado porque no sabía si eso era significativo o anodino.

Con el paso de las semanas y sin ser muy consciente del momento exacto, comencé a prestar más atención a las clases y cambié el método de tomar apuntes. Ya no transcribía de manera literal las explicaciones de los profesores, sino que apuntaba posibles respuestas que podría dar cuando el profesor nos preguntara por lo que habíamos aprendido durante el día.

Nunca le pregunté a ningún compañero si sentía lo mismo con la pregunta del profesor, pero, por la forma en que fue avanzando la clase me imagino que algo similar ocurría con ellos. Poco a poco el silencio de las primeras clases se fue llenando con reinterpretaciones de los temas que acabábamos de ver durante el día, eran comentarios agudos y oportunidades para discutir a profundidad asuntos que parecían insignificantes.

Me gustaba mucho escuchar las respuestas de mis compañeros, era una forma de conocerlos, pues en sus intervenciones estaban cifrados sus intereses y sus miedos. Cada uno ordenaba sus ideas para ajustarlas al tema, pero en realidad era una radiografía de sus propias preguntas. Aprendí más sobre mis compañeros en esos minutos que en el tiempo que compartí con ellos.

Veinte años después pienso en ese momento y en la importancia que tiene una buena pregunta. Pues, lejos de ser una acumulación de información, es una manera de aprender a aprender, de escuchar, de ver y, sobre todo, de establecer un puente entre el conocimiento y nuestro mundo interior. Incluso, es una forma de abordar la cotidianidad de los días y de relacionarnos con las personas con las que compartimos espacios de vida y de trabajo.

Suele decirse que la buena educación no es la que produce respuestas, sino la que estimula preguntas en los estudiantes. Basta con ver la fascinación de un niño cuando comienza a preguntarlo todo, y la felicidad cuando esas preguntas se convierten en una larga conversación, en donde la imaginación y la ficción son permitidas a manera de respuestas.

Sería muy interesante que ese diálogo nunca terminara y en las mesas de los hogares las casas también los padres hicieran la pregunta del profesor: ¿Qué aprendieron hoy? Quizá bastaría esa sola pregunta para lograr un cambio en la forma en que se relacionan los estudiantes con el conocimiento y, también, podría generar una modificación positiva en los temas que se discuten en los espacios de familia.

@arturocharria

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