Por: Santiago Villa

La inmoralidad de combatir el narcotráfico

Me sorprendió. Hablaba hace unas semanas con el comandante de policía en una región cocalera de Nariño, frente a una casa a un costado de la carretera de tierra, donde alguien había pintado un grafiti en letras negras que advertía, como una pesadilla recurrente y fuera de lugar: A.U.C.

No fueron las siglas lo que más llamó mi atención. En este nuevo contexto de la guerra en Colombia, que los optimistas aún llaman el posconflicto, de bandas delincuenciales atomizadas y autoridad disuelta, no me extraña ver que algunos echen mano de los viejos símbolos. También allí hay quienes se hacen llamar Águilas Negras, una marca que, si estuviera registrada, daría para un mar de demandas y contrademandas por violación de copyright en el submundo del crimen organizado colombiano.

Me sorprendió fue la conversación con el Mayor. En particular su respuesta cuando, hablando de la espiral eterna de violencia en la región, le pregunté: “¿Y qué pasa si se legaliza la cocaína?”. El policía respondió: “Ah, pues se soluciona el problema”.

Cuando las personas que ponemos en la primera línea de batalla contra el narcotráfico entienden que la solución es la legalización, tenemos que tomar muy en serio las consecuencias morales de mantener una guerra contra las drogas que es imposible de ganar. En la intuitiva y contenciosa escalera de los pecados, resulta más inmoral combatir la producción de narcóticos que no hacerlo. El Estado, al prohibir el procesamiento y venta de cocaína, y la cadena entera desde el cultivo hasta la exportación, fomenta la criminalidad. No es el enemigo de la mafia, sino su cómplice.

Estoy convencido de que la guerra contra las drogas pasará a la historia como una de las grandes manchas del siglo XX, y Colombia como su gran víctima. Estamos secuestrados por una guerra que no es nuestra, sino de los países consumidores, si acaso. Incluso, diría que somos extorsionados por las empresas y políticos que se lucran de la guerra contra las drogas. Los productores de armas y pesticidas, los productores de helicópteros y dotaciones, los lavadores de dinero, los administradores de las prisiones. La industria que se mueve en torno a la lucha contra el narcotráfico quizás deja al mismo narcotráfico en pañales. Allí radica la inmoralidad esencial de luchar contra la producción, venta y consumo de cocaína.

Soy consciente de que el título de esta columna es ligeramente engañoso. No es inmoral combatir el narcotráfico propiamente, pues por “tráfico” se entiende contrabando: una actividad ilegal. Lo que resulta inmoral es crear el narcotráfico por ilegalizar el producto que las mafias comercializan. La cocaína debería ser, como el café, un producto de exportación. Sus efectos incluso son muy similares. Durante el siglo XIX, además, la cocaína tenía usos medicinales.

No caigamos, sin embargo, en el falso debate que una porción de las sustancias psicoactivas podría legalizarse si las limitamos a su uso medicinal. Eso no hace nada por resolver el problema. Lo que debemos aceptar como sociedad es su uso recreativo. Si es legal consumir cocaína en la calle, ¿por qué es ilegal su producción y venta? ¿Acaso creen que cae del cielo?

Casi nadie con quien he hablado, desde agentes de la ley hasta gobernantes y ciudadanos comunes, no está de acuerdo con que la mejor salida para Colombia es legalizar la producción y venta de cocaína. El temor son las represalias que tome Estados Unidos. Que las sanciones y embargos nos arrojen al abismo venezolano. Quién sabe, quizás ahora que Venezuela está en crisis es el momento de legalizar la cocaína. Estados Unidos no arriesgaría demoler la economía colombiana, teniendo la venezolana en la ruina. Se derrumbaría la región. Pero con Donald Trump eso es improbable. Le importará poco cargarse a Colombia de un manotazo con tal de propinarle una palmada.

Más prudente podría ser esperar al próximo gobierno estadounidense, crear alianzas con países europeos e instituciones multilaterales para impulsar la legalización en un contexto más seguro. Incluso hacer una alianza de países productores y legalizar a la vez, a ver si se atreven a aplastarnos a todos. Pero es difícil. A pocos países les importa el tema porque los más poderosos no sufren de él, sino incluso se lucran. Los países productores de drogas somos del Tercer Mundo. Y aquí seguiremos entonces, desangrándonos bajo la bota de la prohibición. Feliz Día de la Independencia, compatriotas.

Twitter: @santiagovillach

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