Por: Pablo Montoya

La inteligencia de las flores

Maurice Maeterlinck se ocupó del trajín de los seres pequeños que acompañan al hombre en su paso por la Tierra. Se podría decir que fue un poeta naturalista, o un científico con alma de poeta.

En todo caso, fue un hombre que buscó lo inaudito que se oculta tras la fachada de lo visible. Sabiendo que no somos los únicos seres inteligentes que habitan el planeta, y consciente de que la naturaleza a través de sus especies manifiesta un complejo mecanismo de pensamientos, Maeterlinck tramó tres libros: La vida de las abejas, La vida de las hormigas y La inteligencia de las flores. Leerlos no sólo es presenciar la revelación de una prosa que es al mismo tiempo delicuescente y portentosa, sino comprender un universo donde un misticismo sensualista se atavía de poesía y de ciencia.

El caso de las flores llamó la atención de Maeterlinck en tanto que ellas viven, desde mucho antes de que existiera el hombre, en función del amor. Y que es a través de su ansia de supervivencia donde las flores logran uno de los niveles más altos de la inteligencia terrestre. Eugenio Montejo afirma, en uno de sus poemas, que es difícil llenar un breve libro con pensamientos de árboles. Maeterlinck lo hizo con los amorosos anhelos de las flores, con su esfuerzo que aspira hacia la luz y hacia el espíritu.

La descripción de lo que las plantas hacen, a través de sus órganos sexuales, para llevar a cabo la fecundación es uno de los momentos más sorprendentes de la obra del escritor belga y de la poesía universal. La hondura de su escritura está fundada en el cultivo de ese asombro que desde los pensadores jonios ha sido la base de toda formulación poética que, a su vez, sostiene toda formulación científica.

Maeterlinck aclara no ser un especialista en botánica. Es tan sólo un hombre que observa el devenir de la inteligencia en sus jardines, en los bosques que frecuenta, en los caminos que a veces toma para respirar el milagro de la vida. Su tarea, en este inolvidable libro, no es aportar descubrimientos, sino transmitir algunas observaciones elementales. Y éstas se tornan ascendentes en la densidad simbólica que sus descripciones desarrollan. Entonces nos sentimos conmovidos ante los estambres de la vallisneria, que sacrifican su fugaz vitalidad para caer en el añorado ámbito de unos pistilos que se creían inalcanzables.

Los juegos enrevesados pero siempre jubilosos del amor, que nos muestra el poeta, conducen a una conclusión. Para Maeterlinck, tanto en su libro sobre las flores como en los dos dedicados a los insectos, el genio reside en la especie y no en las veleidades del individuo. Propagar la vida, ante la evidencia de la disolución total, es como las flores susurran su inteligencia. Y ésta no es simple y repetitiva. Al contrario, evoluciona de forma sutil a través de los años. Sobre el vacío del tiempo las flores han ideado su delicada filigrana de sentimientos. Filigrana que, al modo de un pensante fluido universal, se esparce sobre la ilusión de la vida.

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