La juventud que pone los sueños y los muertos

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La muerte de Javier Ordóñez nos une en un sentimiento de impotencia ante la arbitrariedad y el clamor de una voz que se apaga con una gradualidad tortuosa.

Esta muerte visible como cruz del Gólgota nos une al dolor de las masacres en las zonas rurales de la extensa y desigual Colombia.

Es claro que la violencia representada en sus múltiples fuerzas y las fallas del Estado colombiano son contundentes para segar la vida de manera directa. Sin embargo, son igual de contundentes las muertes graduales a consecuencia de la carencia de oportunidades educativas y laborales. Esas muertes que se llevan en el alma y apagan la esperanza de millones de colombianos invisibles en la periferia de la representación política y el desarrollo económico.

Según los últimos datos de pobreza y desigualdad de la plataforma LAC Equity Lab, del Banco Mundial, Colombia tiene una de las proporciones más altas de la región en relación con los jóvenes que no trabajan ni estudian (los famosos ninis). De manera general, el 23 % (mediana) de todos los jóvenes en Colombia para el 2018 no estaban trabajando ni estudiando. Esta cifra es peor cuando se analiza por género, pues la proporción de ninis para las mujeres resulta del 32 % en comparación con el 14 % para los hombres. Hoy, en plena pandemia, la magnitud de esta crisis obviamente es mayor.

Esta cifra es importante para salirse del debate sobre si los protestantes son vándalos o si esta es una crisis de vandalismo per se. En ambos casos se estaría generalizando y, peor aun, no se estarían visibilizando las causas ni mucho menos el verdadero problema.

Hoy, más que nunca, son necesarios los espacios donde los jóvenes de todos los bandos nos sentemos a dialogar en un lugar mediado por la humildad y el reconocimiento del otro, pues detrás de esos nombres colectivos “Policía Nacional”, “vándalos” o “protestantes” están los mismos hombres y mujeres con sueños en la flor de la juventud, asustados y con la angustia de tener miles de sentimientos encontrados.

Los jóvenes estamos llamados a dialogar y también a protestar cuestionando los mesianismos (Uribe vs. Petro) y todos aquellos vicios donde la representación política hace protagonista o influencer al ídolo y no a los dolientes, ni sus problemas y mucho menos a las respectivas soluciones.

Hoy más que nunca, los jóvenes estamos llamados a participar de manera directa cuestionando, por ejemplo, los planes de desarrollo locales mediante los datos y analizar si responden al reto de abrir oportunidades laborales sustentadas en competencias relevantes para los contextos territoriales. Cuestiones como, por ejemplo, que la reforma de una institución pública como la Policía es posible mediante decisiones presupuestales que demuestran las intenciones y los medios para lograrlas.

Alguna vez escuché a un periodista alertar sobre el peligro de los revolucionarios de oficio, aquellos que esconden en una estética tradicional rebelde una impotencia para transformar y construir soluciones. En ese sentido, me asusta pensar que la protesta es simplemente el acto de gritar consignas en la calle y expresar bien intencionadas frases en los carteles. Esta forma de protestar resulta ingenua frente a la verdadera transformación de lo público. Solo con la participación directa y un diálogo efectivo sobre lo fundamental, nosotros, como juventud colombiana, estaremos honrando nuestros sueños y a nuestros muertos.

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