La máscara más cara

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La pandemia del coronavirus ha obligado el protagonismo social de la comunidad médica. Empiezo con esta perogrullada porque con la privatización de la salud que impuso en Colombia la ley 100, los médicos al servicio de las EPS perdieron el carisma chamánico, ahora el galeno está en función del mercado de la salud, dónde los enfermos son clientela y los médicos contratistas calificados por la atención cuantitativa de la demanda; peor de superfluo en el régimen subsidiado, en la atención a pobres los médicos, por lo general, actúan cual burócratas, con diagnósticos sistematizados, ya es chiste popular que la receta común es el placebo ibuprofeno.

Ahora la intempestiva emergencia sanitaria puso en evidencia que a las IPS ni a las EPS les ha interesado la medicina preventiva, la pandemia develó negligencia y corrupción en el sistema nacional hospitalario, con precaria e insuficiente infraestructura y sin reflejos para atender la contingencia pandémica. Ciertamente la veloz expansión del coronavirus excedió el nivel de atención médica del mundo, cierto también que el personal de la salud con valiente compromiso arriesgan su vida salvando la de otros, oficiando entre epicentros virulentos. Cierto además que les llueven demandas de comunidades desamparadas y denuncias de parientes de positivos Covid que fallecen por qué no fueron prioritarios en las asignaciones de las UCI. Cierto incluso que se descalifican como herméticos a quienes pongan en dudas la ética que guía algunos de sus procedimientos.

En consecuencia, atendiendo indicaciones de la OMS, los gobiernos decretaron confinamientos de cuarentena obligatorios y sobre todo se difundió la conciencia de que todos y cada uno debemos responsabilizarnos de ralentizar la expansión del virus. Como política pública se hizo ley general el auto cuidado, los protocolos de bioseguridad, el distanciamiento social, el confinamiento… Entre todas las medidas el tapabocas se volvió el símbolo pandémico. Este dispositivo que desde antes es facultativo de la indumentaria médica, llamada mascarilla quirúrgica, se usa también como protector para actividades industriales como filtro de gases y sustancias. Ahora, en la batalla contra el coronavirus, dado que sirve para contener material particulado proveniente de nariz y boca, y, aunque se calcula que su función preventiva es apenas de un 30%, el no llevar tapabocas es visto como una irresponsabilidad.

Así pues, la popularización de su uso trasciende las indicaciones médicas y deviene en prenda indispensable en la indumentaria social, oportuna demanda para la voracidad mercantil que a prisa ofertará para todos los gustos, para todos los estratos: baratos de confección artesanal para el populacho, de moda para las “fashión víctima”, la gente hipocondríaca acaparó las mascarillas tipo N95 y N100 con filtros de carbono recambiables, especiales para profesionales de la salud.

Se suponía que del uso generalizado de caretas resultaría la homogeneidad de las personas, por suerte mostróse el albedrío humano y la gente se ingenia la personalización del antifaz diseñando su identidad sobre la mascarilla. Quién iba a imaginar que la pandemia nos legaría otro modo de construirnos la personalidad. El uso oficial de máscaras nos permite cambiar de rostro según el estado de ánimo o la ocasión; un día salgo con cara de mansedumbre y otro pareceré colérico. Habrá quienes se hagan imprimir en el tapabocas su rostro, convencido de su belleza o para burlar a la policía que querrá ponerle comparendo creyendo que incumple el bioprotocolo. A otros les vendrá bien disfrazar deformidades, ocultar verrugas o enrostrarse de otro género.

Se inaugura otro lenguaje para la libertad de expresión, cosmética, terapéutica, artística, obscena, hasta delincuencial. Por supuesto, ahí estará el comercio supliendo la faz que requiera la sociedad de consumo.

De mi parte, con tapabocas de los más baratos, os advierto que la máscara más cara no es más cara que tu cara.

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