La minga boliviana

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En Bolivia nuevamente se ha demostrado que los pueblos aprenden cuando pierden sus derechos y se la juegan para recuperarlos. Fueron los pueblos indígenas los que mantuvieron la resistencia desde el primer día del “golpe sugerido” por militares y policías, pero también los que sufrieron los asesinatos y represiones de la ofensiva de la ultraderecha. Bastaron unos meses de neoliberalismo privatizador para que las capas medias urbanas que se habían indignado con la costosa equivocación de Evo Morales de hacerse reelegir entendieran que ya no se trataba del mal menor, sino de una regresión en sus avances hacia el vivir bien y se sumaran a la resistencia. Pero lo hicieron callando su voto hasta último momento con el temor de que se postergaran otra vez las elecciones, de manera que la encuesta real se reveló en las urnas. Solo una avalancha de votos por el MAS podía impedir el fraude o el desconocimiento de los resultados y lo lograron; ahora les toca entrar a una minga permanente para que no prosperen nuevos intentos golpistas y logren asumir su gobierno con mayoría parlamentaria asegurada.

Pocas veces una salida electoral frente a una ruptura del orden constitucional se había concretado en tan corto plazo, lo cual indica la correlación de fuerzas sociales y políticas preexistentes. Esto aumenta la trascendencia que sus resultados tendrán en la geopolítica global, pues implican una derrota del intervencionismo autoritario de Donaldo y su instrumentalizada OEA, que elevará los votos para una profunda reforma constitucional en Chile, estimulará la alternativa progresista en Ecuador y augura un complejo futuro para la derecha colombiana en todos sus matices.

Se comprueba también que los llamados ciclos de la política no son tan definidos. Están determinados por lo que Erich Fromm llamaba “el espíritu de la época”, que surge de una síntesis de lo subjetivo y lo objetivo muy difícil de prever por fuera de la realidad. Espíritu de indignación y deseo de cambios que marcan a la joven y diversa minga de pueblos indígenas, comunidades negras y organizaciones campesinas que está recorriendo y sacudiendo conciencias con su llegada a Bogotá. Minga que explica, a quien quiera entender, el sentir y hacer de una juventud latinoamericana que ha crecido en el marco de las desigualdades, exclusiones, marginaciones y desprecio por la vida que le ha impuesto la versión neoliberal y autoritaria del capitalismo.

Por eso es bastante infantil y peligroso afirmar, como lo hacen acólitos de neonazis chilenos, que todo esto se trata de un plan finamente calculado por desconocidos castrochavistas para desprestigiar al Estado y sus fuerzas de seguridad, y avanzar desde abajo hasta tomarse el poder. Bastante deberán reflexionar esas fuerzas militares y policiales a las que embarcaron en represiones indiscriminadas y golpes de Estado, para que luego terminen acusados como los responsables de estos abusos de poder y violaciones de los derechos humanos. Reflexión que también deberán hacer los sectores progresistas y de izquierda en Colombia y el continente, que son los primeros sorprendidos y también cuestionados por las capacidades de movilización y la mística creativa de esta nueva generación, que introduce con indignación en la agenda de la política sus derechos al estudio y al trabajo, los problemas de la crisis ambiental, de género, del arte, del trabajo por cuenta propia, de la vida solidaria en sus territorios centrada en compromisos y lealtades con sus causas particulares.

Las incertidumbres sobre las salidas a la crisis económica están encontrando caminos que requerirán unidades programáticas amplias construidas desde abajo, dejando a un lado el síndrome de Hybris y construyendo gobernanzas participativas lejos del síndrome de Procusto.

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