La mítica medicina cubana

Noticias destacadas de Opinión

Hace un par de semanas el alcalde de Medellín pidió ayuda internacional contra el coronavirus. Sin dar mayor detalle sobre los requerimientos, a Cuba le solicitó el envío de “personal médico”.

De inmediato la derecha protestó. El expresidente Uribe trinó que “Cuba explota a los médicos como una ‘trata de blancas’… Así empezó la toma de Venezuela”. La senadora Cabal reiteró que los galenos locales tienen mejor preparación. Ante tales críticas, célebres admiradores de Cuba reviraron. Ernesto Samper proclamó que “millones postulan a los médicos cubanos al Nobel de Paz por su heroísmo luchando contra el COVID-19”.

A finales de marzo, cuando se iniciaba la pandemia, Piedad Córdoba manifestaba su asombro porque “una isla embargada, bloqueada y empobrecida por 60 años (tiene) una de las mejores medicinas del mundo, uno de los mejores sistemas de salud y exporta médicos que andan por el mundo salvando vidas”. En mayo, desde Cuba, Gustavo Petro afirmaba que podía ayudar a que ese país enviara un millar de sus médicos para atender la crisis.

Para una visión tan optimista rara vez se ofrece un mínimo de evidencia. Por eso vale el testimonio de un compañero de colegio, médico patólogo que ejerce en Chicago desde los 80 y pudo constatar de primera mano la calidad de los servicios médicos que recibió tras un accidente de tráfico en La Habana hace 8 años. Lo cito textualmente.

Tras un golpe fuerte contra la pelvis y el muslo que lo hizo volar y golpearse contra el mundo, su esposa quedó “tendida inmóvil boca arriba, sangrando por la cabeza. Se acumuló un resto de gente, llegó una policía joven a la que le rogamos que llamara una ambulancia. No tengo autorización, dijo. (Una amiga que nos acompañaba) paró un taxi y me metieron al frente y a (mi esposa) atrás. Para entonces yo había sangrado profusamente por la fractura pélvica y los hematomas masivos que se desarrollaron en los muslos y tejidos blandos pélvicos; además, estaba con un dolor intenso. Afortunadamente lo de (mi esposa) no fue sino una cortada grande en su cuero cabelludo por una hebilla que tenía en el pelo.

(Nos llevaron) al hospital de trauma más grande de La Habana. Llegué en choque hipovolémico por sangrado interno y por dolor. Me dejaron tirado en una silla de ruedas a la que le hacía falta una. No me vio un médico sino ocho horas después. Nunca me dieron un analgésico. Como para todos los demás pacientes, les tocaba a mis amigos ir a comprar drogas a farmacias externas. Me tomaron unas radiografías y me las dieron a mí y a mis amigos para que las secáramos sacudiéndolas. Me tomaron un tomograma usando una máquina de primera generación. La mesa en la que me indicaron que me acostara para esto estaba teñida con la sangre fresca del paciente anterior.

Afortunadamente un enfermero se apiadó de mí y en vez de hacerme caminar entre consultorios me cargó en sus brazos. A mi esposa le cosieron una chamba que tenía en el cuero cabelludo sin anestesia. El que la cosió fue tal vez algún estudiante de quién sabe qué. Una vez admitido, me dejaron tirado en una cama de un pabellón general. Sin analgésicos, sin líquidos intravenosos. La cama era un colchón de plástico sin forro. Finalmente le pusieron una sábana, seguramente por yo ser gringo, porque los demás pacientes no tenían. Cuando vino el ortopedista a examinarme me vio acostado con mis tenis todavía puestos y con las piernas dobladas por el dolor causado por mi fractura pélvica. Me preguntó que por qué tenía mis zapatos puestos. Le dije que porque el dolor era demasiado severo para quitármelos. Me preguntó si así acostumbraba acostarme en mi casa. En serio.

Durante la noche nunca vino nadie a verme. Me hidraté con bebidas que me trajeron de afuera mis amigos. Como no había pato, uno de ellos fue a robarse el de otro paciente. Durante la noche, como no había enfermera y yo no me podía mover, tuve que rogarle a la esposa de un paciente vecino para que me diera el pato. Todos los pacientes vecinos recibieron su comida traída de fuera por sus familias. El ortopedista era bien entrenado y de buena calidad profesional, pero los recursos disponibles eran definitivamente escasos o inexistentes. Afortunadamente no requerí intervención quirúrgica y me estabilicé espontáneamente.

Este no fue un episodio excepcional. Desarrollé buena relación con el ortopedista quien me confió cautelosamente las penas por las que siempre pasa para tratar a sus pacientes por la absoluta falta de los más mínimos recursos. Durante este episodio la mayor preocupación de todos eran las posibles repercusiones políticas relacionadas con mi caso. Recibí varias visitas oficiales insistiendo en que me transfirieran a un hospital para extranjeros”.

Ver más…

Comparte en redes: