Por: Humberto de la Calle

La otra cara del diálogo

A RAÍZ DE LA MUERTE DE JOJOY EL Malvado, Alan Jara y Luis Eladio Pérez, en declaraciones radiales, lograron una notable conciliación de sentimientos contradictorios.

Un avance para el estudio de la ética. En efecto, la tradición judeocristiana prohíbe alegrarse de la muerte de otro ser humano. Pero la sangrienta historia de un forajido de ese tamaño produce un alivio indiscutible en la sociedad. Ambos dijeron que les alegraba el desenlace, pero en beneficio de las potenciales víctimas futuras, esto es, en proporción al sufrimiento que se ahorra la sociedad. Un verdadero logro.

Pero después de felicitar al Gobierno y a las Fuerzas Armadas, la pregunta obligada gira en torno al camino a seguir.

Unas pocas voces propusieron el diálogo. En tres grupos se pueden distribuir los amigos del diálogo desnudo. Por un lado, aquellos que han convertido el diálogo, la conciliación e, incluso, el intercambio humanitario, en el tema central de sus vidas. El prototipo lo encarna Piedad Córdoba. Un segundo grupo, de señalada importancia en esta sociedad, es la Iglesia Católica. El tercero lo componen farianos vergonzantes. De este último no hablemos. Pero en los dos primeros hay que reconocer nobleza de propósito. En general, dos son las razones para el diálogo. Una práctica: el conflicto seguirá y nos podemos ahorrar muchas vidas si dialogamos ahora. Se trata de aprovechar el golpe para llevar a las Farc a la mesa de negociación. La otra casi mística: la vena misericordiosa que ha acompañado al cristianismo desde siempre, desde María Magdalena.

Reconociendo entonces un propósito sano, es necesario mirar la otra cara del diálogo, esto es, los posibles resultados adversos de una propuesta de esa naturaleza en este preciso momento.

La invocación al diálogo sin condiciones, como lo han hecho esos dos grupos, envía el mensaje equivocado en el momento equivocado. En efecto, este es el momento en que, por el contrario —y no me refiero a lo militar— lo conveniente es que la sociedad toda, monolítica, no deje espacio para el terrorismo de todo pelambre. El mensaje del diálogo desnudo será interpretado como una voz de aliento, un mensaje que encarna, así no sea la intención de los voceros, una cierta dosis de justificación de la violencia.

Tuvo que ser un destacado socialista español, que vino a asesorar al Partido Liberal en Anapoima, el que dijo la frase acertada: la experiencia muestra que toda rendija para la negociación alienta a los grupos terroristas. También suele ser interpretada como debilidad por parte de los violentos. De modo que la premisa práctica falla: la invitación al diálogo sin restricción alguna, en vez de acortar el conflicto, lo prolonga. Más allá de lo militar, que es lamentablemente indispensable, sólo la actitud cerrada y sin matices de una sociedad que proscribe totalmente la violencia, llevará por fin a los terroristas la idea de que han emprendido un camino equivocado.

Pero sí que es necesario abrir caminos en la sociedad. No como parte de una negociación, sino como designio propio del Estado social de derecho. Dijo Jojoy: “por fortuna me metí a la guerrilla, de lo contrario hoy no sería nadie”.

Sociedad sin caminos de superación igualitaria estará condenada.

 

 

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