Por: Arlene B. Tickner

La otra historia de la Primera Guerra Mundial

Los centenarios suelen ser momentos de reflexión y de valoración de los relatos que existen sobre acontecimientos históricos que han marcado los destinos de los países y del mundo. En la conmemoración del armisticio de la Primera Guerra Mundial, líderes como Macron han hecho énfasis en el poder corrosivo del nacionalismo y la importancia de la multiculturalidad, como si esta y la Segunda Guerra Mundial fueran “paréntesis” trágicos pero pasajeros en el desarrollo universal del liberalismo, la democracia y los derechos humanos. Sin embargo, esta historia oficial, por más progresista que parezca ser frente a las fuerzas retrógradas que se han apoderado de Europa (y Estados Unidos), pierde de vista un elemento central: el rol del colonialismo en la guerra.

Entre los casi 17 millones de muertos y 23 millones de heridos, en su mayoría civiles, muchos provenían de las colonias. Además de los más de cuatro millones de soldados de color reclutados por la escasez de europeos y sus altas tasas de mortalidad en combate, la contienda bélica no solo se libró en Europa sino también en África oriental —en donde varios millones más actuaban de cargadores humanos de los equipos de los ejércitos blancos— Medio Oriente y Asia central.

Aunque los análisis de autores como Lenin y John Hobson permiten comprender el estrecho vínculo que hubo entre el imperialismo europeo y la Primera Guerra Mundial, Edward Said y Aníbal Quijano nos recuerdan que más allá de su función económica, social o geoestratégica, el colonialismo permitió consolidar una idea de Occidente como superior a los pueblos no occidentales y no blancos que dio como resultado un orden global jerarquizado basado en raza y etnia —además de género y clase—, en el que Europa ejercía de “civilizador” mediante la dominación y la represión.

En validación de esto, la ciencia moderna produjo teorías como el darwinismo social y escritores de distintos campos —incluyendo la literatura, como ocurrió con Kipling y su “carga del hombre blanco”— “confirmaban” la inferioridad de los no blancos. Para la muestra, el respetado sociólogo Max Weber se refirió a los millones de hindúes, africanos, chinos y árabes que luchaban con las tropas aliadas como “salvajes y… los ladrones y lumpen del mundo”. No es sorpresivo, entonces, que una vez suscrito el Tratado de Versalles, la prensa británica y alemana alertaran sobre la “plaga negra” que caracterizaba la ocupación francesa (con soldados negros) del Rin.

Si bien al inicio de la Primera Guerra Mundial, las identidades de los Estados-nación de Europa se erigían sobre la supuesta homogeneidad (blanca) de sus pueblos y su superioridad frente a la gente de color en el resto del mundo, sus cimientos comenzaron a diluirse desde esa misma contienda bélica. Más aún al fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando la necesidad de mano de obra siguió jalonando números crecientes de excolonizados. Un fast-forward al presente revela que distintos procesos asociados con la globalización han profundizado la erosión de las jerarquías de raza y etnia en la raíz del experimento imperial de Occidente. En un mundo en el que el racismo y la xenofobia están nuevamente a flote, perder de vista esta otra historia de la Primera Guerra Mundial es ignorar una de sus facetas primordiales.

 

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