Por: Carolina Sanín

La perra y la opinión

TENGO Y EXPRESO DEMASIADAS OPIniones cada día. De mi exceso son testigos mis amigos, a quienes someto a largas conversaciones telefónicas que, desde que escribo una columna en este diario, han ganado algo de enjundia pues pueden empezar con el pretexto:

“Creo que voy a hacer la próxima columna sobre…”. Ellos se cansan de la vehemencia de mis andanadas contra usos y personajes públicos, pero también parecen disfrutarla. “Qué perra”, me dice uno, y yo me relamo porque perra me parece un buen calificativo. Sin embargo, me relamo con tristeza porque sé que el calificativo de platónica es mejor e implica saber que la opinión no sirve para conocer nada.

Algunas veces, efectivamente termino escribiendo sobre los temas que he anunciado por teléfono. Me tomo dos o seis vasos de whisky para dejar de lado la certeza de que opinar por escrito es lo más fatuo que puedo hacer, y me meto en la piel de un personaje que está hondamente afectado por las vicisitudes del mundo y que he creado inspirada en mi perra salchicha, Dalia, que les ladra fieramente a los rottweiler que vigilan los bancos. Los rottweiler están amarrados y no pueden hacerle nada. Cuando los ha dejado atrás, Dalia me mira airosa, batiendo el rabo, como preguntándome: “¿Qué tal, ah? Buena esa, ¿no?”, confiada en que estoy convencida de que los perros vigilantes se han amilanado ante las modulaciones de su voz.

Leo en Internet los comentarios a mis columnas, y es como si también preguntara: “¿Qué tal, ah? Tan valiente, ¿no?”. Muchos lectores dicen que sí, que buena perra. Las columnas que he escrito contra Juanes, José Obdulio, Mockus, el discurso de Vargas Llosa y el libro de Íngrid, por ejemplo, me han valido palmaditas en el lomo por parte de gente que no conozco. Para conseguir más de ésas, podría escribir hoy sobre la inoficiosa arremangada de pantalones con la que los colombianos fingieron solidaridad con las víctimas de las minas antipersona, o sobre la incuria y la pedante ignorancia de algunas columnas de Héctor Abad, o sobre la indolencia de los estudiantes de la universidad privada que no protestan contra la bárbara reforma a la educación pública, o sobre los novelistas que se ufanan de escribir sobre la “realidad” cuando lo que hacen es escribir sobre las noticias de la prensa y, a lo sumo, sobre libros de historia. Pero mis ladridos me tienen más que aturdida y me da miedo que tantas palmadas en el lomo terminen por entecarme.

La verdad es que la actualidad nacional no me desvela. Me desvela leer los ensayos de Montaigne, me desvela la formidable Tina Fey, me desvela la paz de la Odisea más que la guerra de la Iliada, y me desvela la pregunta sobre la posibilidad dichosa de ayudarle a Dalia a criar una camada de perros salchicha. Me desvela lo que amo.

En mi última columna decidí ser honesta. En cambio de devolverles a los doxóforos —con buena sátira y mejor retórica— lo que ellos mismos piensan, traté de investigar delante de ellos algo desconocido para ellos y para mí. Decidí escribir sobre lo que me interesaba, que era el primer apareamiento de mi perra. Me pregunté si ella había disfrutado su cópula, quién es ella, en qué nos ha convertido —a ella y a mí— nuestra convivencia, qué me enseña su silencio sobre el límite del lenguaje, qué me muestra sobre la paciencia la oscuridad de su vientre (que, por lo pronto, puede estar o lleno o vacío de cachorros), y qué siento ante la posibilidad de probar su leche. Los opinadores, otrora fieles como perros fieles, me menudearon insultos de todo tipo: me dijeron zoofílica, ociosa y mal follada. Me pareció notable que me reclamaran que, por una vez, no imitara a mi perra sino que especulara sobre ella. Pero lo que más me llamó la atención fue que les pareciera superfluo el tema de la lactancia de un cánido, pues es un asunto que en otra época nos pareció tan importante que fundamos Roma sobre su imagen. ¡Cuánto tiempo ha pasado, oh Dalia!

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