Por: Lorenzo Madrigal

La resaca

Después de las fiestas patronales (y vaya si lo fueron), como después de la Pascua en tiempos de la crucifixión de Jesús, la gente regresa reflexionando sobre las cosas que acontecieron, trágicas en el tiempo de Cristo, apoteósicas en el caso de su vicario, en Colombia.

Que si la visita del pontífice fue pastoral o no lo fue; que si el Gobierno se aprovechó de ella (tenía que estar ahí, aunque las palomitas politizadas revolotearon más de la cuenta); que si la oposición podía manifestarse o si debía permanecer callada, cuando el bullicio político enmudeció ante el hecho abrumador de un hombre que concita multitudes, gracias al prestigio del papado y al carisma de su bondad personal.

De tantos clérigos que hablaron por los medios, desempolvando sotanas (sorprendió ver en traje talar al académico padre Carlos Novoa), escuché que alguno de la alta curia le atribuía una frase esclarecedora al cardenal Rubén Salazar, por lo general tan callado: que una cosa era la paz en grande y otra el proceso con sus minucias. No transcribo exactamente las palabras, pero, sin querer queriendo, el cardenal Arzobispo abrió —y no fue cosa de ahora— un espacio a la crítica del proceso.

Frase que despejaría el sofisma que hemos padecido por años, durante las negociaciones, firmas y abusivos fast-tracks, que echaron a pique, o sea, volvieron trizas la Carta Política de la Nación. Sofisma que funciona de esta manera: se presenta la paz como un bien supremo, que lo es, de modo que oponerse a ella sea imposible; se alega luego que el presidente Santos adelanta un proceso con grandes concesiones o como fuera para conseguirla y que en alguna medida la consigue. Que, por lo tanto, la paz de Santos es imbatible.

Fue así como el Santo Padre llegó a decir en alguna ocasión que Santos buscaba la paz y sus enfrentados la guerra y que esto “hería el alma“. Lo dijo con aquel tono lastimero y casi lloroso de los papas. Alma herida al escucharlo fue también la de quienes amando al Santo Padre y acogiéndolo sobrecogidos, no importa si desde la televisión los más asentados y viejos, con aquella frase se sintieron castigados por discrepar de un proceso favorecedor de la extrema izquierda política, hoy más papista que el papa.

Se corre el riesgo de que la reconciliación, que seguirá a la visita papal, esto es, durante el posfrancisco, cubra con su manto sagrado los errores, las vanidades oficiales y la segregación política que se han derivado del proceso particular de un hombre no tan carismático como lo es el papa que nos visitó, nos alegró y nos dio una tregua.

***

En la crítica política, quienes la practicamos por profesión trataremos de seguir, como lo enseñó el pontífice de las consignas didácticas, “firmes y libres”.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Lorenzo Madrigal