“La saeta” de Serrat

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La Pascua es una de las festividades más celebradas en Occidente. Mezcla elementos paganos y religiosos que anticlericales e intolerantes en algún momento querrán estigmatizar.

La fecha se asocia al Domingo de Resurrección, siendo clara su relación con el cristianismo. Sin embargo, su origen es mucho más antiguo: corresponde al momento en que el pueblo judío emprendió el éxodo desde Egipto hacia la Tierra Prometida. Durante la última cena, Jesús y sus apóstoles conmemoraron la Pascua judía como se hacía en esas fechas recordando la liberación del pueblo hebreo.

La Pascua anglosajona se remonta a la fiesta primaveral en honor a Easter, diosa teutónica de la luz y la primavera. El huevo y la liebre eran los símbolos de Istar, la diosa babilónica del amor, la belleza, la vida, la fertilidad, la sexualidad.

Gracias a una amiga seguidora asidua de las procesiones de Semana Santa en Sevilla pude ver este año tan atípico el extraordinario video del Ballet Inma Cortés que quiso “bailar en la oscuridad de la noche y la soledad, sin público, acompañadas únicamente por La saeta de Joan Manuel Serrat, invitando al recogimiento”.

Confieso avergonzado que a pesar de que hace más de medio siglo oigo con frecuencia, aprecio y repito este poema de Antonio Machado convertido en canción, nunca me detuve a averiguar el significado de saeta, “copla que una persona dedica a las imágenes de las procesiones”.

“¿Quién me presta una escalera para subir al madero, para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno? … ¡Oh, la saeta, el cantar, al Cristo de los gitanos, siempre con sangre en las manos, siempre por desenclavar! ¡Cantar del pueblo andaluz, que todas las primaveras anda pidiendo escaleras para subir a la cruz! ¡Cantar de la tierra mía, que echa flores al Jesús de la agonía, y es la fe de mis mayores! ¡Oh, no eres tú mi cantar! ¡No puedo cantar, ni quiero, a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en el mar!”.

Hoy por hoy, La saeta de Serrat es una de las canciones más conocidas de la música popular española. El célebre cantante la compuso y dio a conocer en 1969 en su disco “Dedicado a Antonio Machado”. El éxito fue enorme y contribuyó a la difusión en España e Hispanoamérica de la obra del poeta sevillano. Hay decenas de versiones y su música se ha incorporado como marcha procesional a la Semana Santa sevillana desde la década de los noventa.

El contrasentido es evidente. a pesar de que el poema original “es una censura expresa de la saeta y de la Semana Santa como expresión de una religiosidad popular que el poeta no comparte” la canción también se percibe como una pieza “que exalta la religiosidad popular hasta el punto de que se ha incorporado al acervo de las marchas procesionales religiosas”.

Aún más paradójico resulta que el socialista hijo de anarquista, juglar exilado del franquismo por protestar contra la represión de la cultura catalana y otros abusos de la dictadura sea el autor de una obra musical que ahora hace parte del severo ritual católico que antecede a la Pascua. Como todo artista serio y verdaderamente comprometido no solo con la estética, sino con la defensa de los derechos, la igualdad y la lucha contra la tiranía, Joan Manuel Serrat distingue ideario político de tradiciones y, al igual que el poeta, respeta la fe de sus mayores, así no la comparta.

Mi reacción al quedar conmovido por la puesta en escena de una danza con música de Serrat, con invitación al recogimiento espiritual y religioso, fue recordar a Camille Paglia, tal vez la feminista contemporánea más lucida y sensata. “Dios es la mejor idea del ser humano” es la frase con la que quisiera ser recordada esta fascinante intelectual atea, pragmática, y azote de la militancia idealista que agradece haber sido educada por una familia tan católica como versada en historia del arte, un conocimiento poco apreciado por diversos activismos.

“La mujer debe ser maternal y no culpar al hombre por todo” o “Madonna. Finally a real feminist” son ejemplos de frases provocadoras de esta pagana que defiende la eutanasia, el suicidio, la pornografía, la prostitución y el consumo de drogas, o que se declara “firme partidaria” del aborto a pesar de reconocer que es un asesinato. Vivió doce años con una artista, se enamoró de una cantante brasileña casada con otra mujer, pero no soporta el activismo LGBT, ni a las académicas que desconocen las ventajas de una civilización sin cuyas bases no podrían reflexionar, ni escribir, ni vivir; cuyo fanatismo les impide considerar matices o dilemas.

Volviendo a Serrat, catalanista que arriesgó el pellejo criticando al franquismo, resulta insólito que ahora sea vilipendiado por una militancia inmadura, soberbia e inculta que no le perdona su independencia del independentismo más cerrero.

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