La salud mental no puede ser un lujo

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Mientras intentamos escapar del coronavirus detrás de muros y máscaras, hay otros males que logran colarse porque no necesitan el aire libre para circular ni se diluyen con geles o jabones. Son nuestros demonios personales que se alborotan en el encierro y nos golpean por dentro con ansiedad, insomnio, adicciones. El tremendo efecto que tiene la pandemia sobre la salud mental apenas se comienza a medir y el panorama aterra, aunque no lo veamos tan claro como cuando nos dicen que ya casi no quedan camas en cuidados intensivos.

En un estudio reciente de la Universidad Autónoma de Barcelona, con apoyo en Colombia del Colegio de Psicología, se consultó a más de 18.000 personas. Entre otros datos, se destacan que el 35 % presentaba síntomas de depresión y el 29 %, ansiedad. Siempre ha sido más fácil entender los dolores físicos que los emocionales. Sin embargo, cuántos problemas podemos ahorrarnos en lo individual y en lo colectivo si atendemos a tiempo, con ayuda profesional, las necesidades emocionales. Pensemos en lo que habría sido de nuestra violencia si a tiempo se hubiera podido atender a tantos seres humanos afectados por estrés postraumático.

 

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