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La sutil infiltración del totalitarismo

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Juan David Zuloaga D.
15 de abril de 2010 - 03:42 a. m.
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DESDE HACE UNOS AÑOS SE HA TORnado común la idea de que cuando muchos están de acuerdo sobre una cuestión particular, tienen razón; sólo por el hecho de ser más.

Algunos, incluso, llaman a esa perversión democracia. La falacia estriba en que se toma como cierto, como verdadero ora tonterías, ora concepciones políticas e incluso éticas que terminan por definir el destino de miles de hombres o de una nación.

Peligrosísima concepción de la verdad, de la que arteramente se valen los medios de comunicación para imponer sus propósitos y sus despropósitos: repiten incansablemente una estupidez o una mentira, recubriéndola con un insidioso traje de verdad. Ya digo, un traje, una simple apariencia y no una verdad.

Es tan grave la cuestión que en virtud de este implacable —aunque sutil— procedimiento se están obturando los minúsculos resquicios que aún tenía el individuo para llevar una vida bella: el pensamiento y la imaginación o, lo que es lo mismo, la filosofía y el arte. Es grave la cuestión, porque resulta que todo lo que se escapa de esa masa informe y total (o, mejor, totalitaria) de creencias y prejuicios es tildada de herejía y de insensatez a un tiempo.

Por este camino llegaremos indefectiblemente —y tristemente, digo yo— a la consumación de la utopía totalitaria: que seamos todos iguales, que repitamos todos siempre lo mismo, que todos digamos lo mismo, aunque no lo creamos; por lo menos le queda esa brecha al individuo cuando se amordaza el pensamiento. Sutil y cruda esperanza en este mundo cada vez más predecible y más automatizado.

Me tildarán de reaccionario o de exagerado, pero no hay hipérbole sino cruda constatación: cuando un postulado se desvía un ápice de ese conglomerado de creencias y prejuicios de que estoy hablando, es decir, cuando se tiene una idea, se le antepone esa suma a la que llaman ahora la verdad y que, queriéndolo o no, se está convirtiendo en juez universal y, claro, verdugo del pensamiento.

¿Qué hacer entonces? Cuando las condiciones históricas y la obstinación de ciertos poderes han limitado o quieran limitar la expansión del espíritu y la libertad del pensamiento nos queda una sutil esperanza: siempre nos queda, amigos, el arte. El consuelo que alberga un paisaje, la belleza entrañable de un relato, el sobrecogimiento que provoca un poema, la frágil melancolía de un cuadro nos consuelan —aunque por instantes—, nos devuelven la alegría de vivir y nos congracian con el mundo y con la humanidad, aunque sea vil y mezquina. Y nos queda también, amigos míos, el vino. Y en verdad, arte y vino se parecen porque ambos ayudan a olvidar.

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