Por: Arlene B. Tickner

La tierra prometida de Martin Luther King

En un mundo caracterizado por el auge de la intolerancia racial, étnica, religiosa y de género, el extremismo ideológico y la violencia estructural, las palabras de Martin Luther King, asesinado hace 50 años, retumban con dolorosa vigencia. Aunque menos conocida que su lucha no violenta por los afrodescendientes –reflejada en el discurso insignia “Yo tengo un sueño”–, su actividad inconclusa en torno a la pobreza y la desigualdad es de especial relevancia. Durante la última etapa de su vida, MLK comenzó a enfocarse en aquellos factores sistémicos que, a su modo de ver, constreñían el potencial transformador del movimiento de los derechos civiles al negarles a las comunidades marginales condiciones dignas de trabajo, vivienda y vida. La Campaña de la Gente Pobre –inaugurada poco antes de su muerte– pretendía combatir la injusticia y la discriminación reproducidas por un capitalismo “basado en la explotación y el sufrimiento de los esclavos negros y que continúa prosperando mediante la explotación de los pobres”. En ese proceso, la redistribución radical del poder político y económico era fundamental.

En muchos frentes, tanto económicos y sociales como éticos, los problemas denunciados por MLK siguen intactos. Para dar un solo ejemplo, las distintas mediciones de la desigualdad y las instituciones dedicadas a ella coinciden en que las asimetrías de ingreso, consumo y riqueza han crecido en todo el mundo, aunque en grados diferentes. Según el Informe sobre la Desigualdad Global 2018, durante las últimas décadas, en promedio el 1 % de la población más rica ha visto crecer sus ingresos a un ritmo dos veces mayor que el 50 % más pobre. Si la desigualdad mundial sigue la misma trayectoria que ha tenido desde 1980, para 2050 a ese 50 % más pobre le corresponderá solo 9 % del ingreso mundial, mientras que el 1 % subirá su participación al 24 % del total.

Más que identificarse con alguna ideología política, el compromiso de MLK con la justicia igualitaria y la responsabilidad colectiva, en especial hacia los más vulnerables de la sociedad, era de carácter ético-religioso. Como ha ocurrido con tantos otros seres humanos dedicados a combatir los males sistémicos, fue silenciado justo cuando se tornaba más retador y los posibles ecos de su discurso más profundos y más globales. En su último sermón, del 3 de abril de 1968, dictaminó: “…el mundo está perturbado… hay confusión por todo lado… pero sé… que solo cuando oscurezca es que se pueden ver las estrellas… Algo está pasando… Las masas de gente se están levantando. Y donde están reunidas… el grito siempre es el mismo… ‘Queremos ser libres’… Yo escojo… dar mi vida por aquellos que han sido excluidos de la luz de la oportunidad… He visto la tierra prometida. Puede que no alcance a llegar a ella… pero… nosotros, como un pueblo, llegaremos…”.

Esa tierra prometida, soñada hace medio siglo por Martin Luther King, buscaba dar respuesta a las condiciones indignas sufridas por millones de seres humanos alrededor del planeta.

Dado que la transformación social positiva no es inevitable sino que se opone a los intereses de los poderosos, su pensamiento invita a la creación de una “fuerza global desestabilizadora” –aún imaginable– capaz de sacudir la displicencia de nuestros tiempos y de cultivar una actitud desinteresada de compromiso y colaboración con quienes más lo necesitan.

 

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