Por: Armando Montenegro

La tiranía de los expertos

Bill Easterly, conocido economista del desarrollo económico, publicó hace poco un libro controvertido: The Tyranny of Experts (Basic Books, 2013), que trata tres temas no siempre bien hilvanados entre sí: (i) la historia del desarrollo económico en el siglo XX, (ii) la relación entre los expertos y los autócratas, y (iii) la influencia de los autócratas sobre el crecimiento económico.

El interesante capítulo One Day in Bogotá muestra cómo el 9 de abril de 1948 fue clave para estos asuntos. Ese día estaban en la ciudad John J. McCloy, presidente del Banco Mundial (BM), y el general George Marshall, quien le dio su nombre al plan de recuperación de Europa. Lo que unía a esas dos personas era la Guerra Fría. En esa fecha McCloy le ofreció al presidente Ospina una misión, la primera en la historia del BM, para acelerar el crecimiento de Colombia. Así llegaron, más tarde, Currie y su equipo a Colombia.

Easterly plantea que, a partir de ese momento, el BM fue un instrumento de la lucha contra el comunismo. En esa tarea, para el banco no era significativo el hecho de que algunos gobiernos receptores de su ayuda no fueran democráticos. Easterly se lamenta, al respecto, de que en los primeros años del trabajo de Currie se clausuró el Congreso de Colombia, las elecciones presidenciales tuvieron un solo candidato, se cerraron periódicos y, lo peor, se dio la fase más aguda de la Violencia.

El autor muestra que el BM se concibió en 1944 cuando Estados Unidos y Rusia aún eran aliados. Por ello, sus estatutos establecieron que el banco debía ser nominalmente apolítico, para no excluir de sus servicios a gobiernos como el de Stalin. Esto le permitiría, más adelante, apoyar a dictadores anticomunistas en África, Asia y América Latina. Los derechos de la población, en su opinión, eran irrelevantes.

Easterly señala que está probado que la libertad económica y política de los países de Occidente propició el desarrollo de sus economías. Como, además, sostiene que los autócratas no son buenos para el crecimiento, no encuentra razones éticas ni prácticas para apoyar a quienes pisotean los derechos de los gobernados. Considera que la idea de que se pueden sacrificar una o dos generaciones, con abusos contra sus derechos humanos, para impulsar el crecimiento, es ética y económicamente reprochable.

El autor sostiene además que el milagro del crecimiento de China y otros países asiáticos no se origina en sus autócratas iluminados, sino en un incremento de la libertad económica y política de las últimas décadas (en China, ciertamente, desde los días de Deng Xiao Ping).

Quienes han criticado algunas exageraciones de este libro señalan que hay ocasiones en que mal harían los expertos —que promueven, por ejemplo, una campaña de vacunación en algún país regido por un dictador— en dejar de prestar sus servicios simplemente porque el gobierno es autocrático. La muerte, evitable, de muchos niños no justificaría esa decisión.

En cualquier caso, este libro es un llamado a los tecnócratas y a entidades tecnocráticas para que decidan, con los ojos abiertos, para quién trabajan. El apoyo a sátrapas y políticos corruptos, autores de crímenes contra los gobernados, debería ser una opción política consciente, que no se debería poder excusar por la destreza en el uso de las técnicas de la economía, la planeación o la estadística.

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