Por: Aura Lucía Mera

La vaca y el apóstol

ME ATORNILLÉ EN EL SILLÓN, EN LA casita de la montaña, acompañada por el canto de las guacharacas y el vaivén de los carboneros movidos por el viento. Un libro. Un bolígrafo para descuartizarlo subrayando las frases de impacto.

El libro: El día que Nietzsche lloró. Su autor: el sicólogo Irvin D. Yalom, catedrático de psiquiatría de la Universidad de Stanford, quien con una brillantez deslumbrante recrea un encuentro imaginario entre Nietzsche y el famoso médico vienés Joseph Breuer, poniendo como telón de fondo las circunstancias, los personajes y hechos reales como la angustia de Nietzsche, la amistad de Sigmund Freud, entonces joven estudiante, y el doctor Breuer, la relación extraña de Lou Salome con Nietzsche y Paul Ree y el famoso caso que dio luz a los logros de Freud en sus estudios sobre la histeria. Novela situada en el contexto histórico de la Viena de 1882.

Libro que arrastra y mantiene la mente en continua tensión, como una cuerda de violín que no cede en ningún momento. Libro apasionante, que revuelca pensamientos, temores, ilusiones, hastíos, relaciones, culpabilidades y desencantos. Libro que no pienso describir ni comentar, pero que sacudió fuertes emociones y pensamientos, en estos días de santa vacación. Liberada así, por un momento, de las catástrofes diarias en que nos vemos sacudidos los colombianos, arrollados por torbellinos de manipulaciones, mentiras, justificaciones, alcahueterías, atropellos y empujones politiqueros con sabor a dictadura disfrazada de clamor popular.

En alguno de sus estupendos diálogos, Nietzsche le increpa al atribulado doctor Brauer, carcomido de obsesiones y frustraciones, de miedos y culpas: Vivir y pensar significan estar en peligro: “Usted no es una vaca y yo no soy el apóstol de los rumiantes”.

Traigo a colación esta frase, tal vez superficial en apariencia, pero para mí la radiografía perfecta de nuestra encrucijada política actual. Discrepar de los aconteceres diarios se torna cada vez más peligroso. Mantener una postura objetiva o crítica ante los atropellos del régimen que nos quiere meter a todos en la misma batidora es exponerse a las respuestas furibundas de los furibistas reeleccionistas. Cuestionar la justicia, léase el aberrante caso del sacerdote jesuita Javier Giraldo, ahora enjuiciado por denunciar los hechos perversos sobre la manguala de las Fuerzas Armadas y los paramilitares en Urabá, y las masacres que con valor denuncia la revista Semana, repito, cuestionar la justicia amarrada a intereses y mentiras es casi suicida. Denunciar corrupciones rampantes y desenmascarar hechos se paga caro. Si no, que lo digan periodistas, funcionarios públicos honestos, desplazados, víctimas del terror. Hasta la Iglesia, generalmente tan alcahueta con los que detentan poder, está dando señales de alarma por estos giros que está tomando Colombia, que nada bueno traerán.

Parecemos vacas con el Apóstol de los rumiantes en el centro del trono, dirigiendo a diestra y siniestra cómo se reparte el pienso, la hierba fresca, a quién se ordeña y a quién no... ¿nos hemos convertido los colombianos en un gigantesco establo de rumiantes pasivos?

Termino retomando un aparte del libro en el que el doctor Brauer señala un montón de tumbas olvidadas en las que nadie jamás puso una flor: En esta tierra de los muertos, esos son los muertos de verdad. Nadie cuida de sus tumbas, porque ya nadie hay vivo que los haya conocido. Ellos sí saben lo que significa estar muerto. Muerto de verdad.

Me niego a ser rumiante pasivo. Quiero siempre escoger qué flor quiero mascar.

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