La verdad, riesgo mortal

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No soy curera. Desconfío en principio de las sotanas. Un arzobispo de Cali, por plata, me quitó a dos de mis hijos. He sido excomulgada. No voy a misa, sino en casos excepcionales. Por eso mismo defiendo a capa y espada y meto mi mano al fuego (¿eterno?) por el arzobispo de Cali, monseñor Darío de Jesús Monsalve.

Lo conocí cuando llegó a Cali y me di cuenta de que los heliotropos de la Sagrada Orden del Bramadero (élite caleña) le agarraron inquina por, en su primer Viernes Santo, decirle pan al pan y vino al vino. Hubo rasgadura de vestiduras de los enseñorados fariseos.

Me causó curiosidad, y con mi amiga periodista Beatriz López le solicitamos una entrevista. Confieso que llevaba una carga de mala leche respetable... me quería burlar y desbaratarlo. La casona arzobispal fue la sede de mi colegio. Blasfemé y casi me da un infarto cuando, en el segundo piso, en un salón enorme, vi el óleo de monseñor Uribe Urdaneta, aquel que había partido mi vida en dos. Pedí disculpas.

La entrevista fue un descubrimiento lento. Un ser humano carismático, sin pretensiones, auténtico, nos iba compartiendo su vida, desde su niñez en Jardín, luego Jericó. Su vocación temprana y firme, que ninguna novia logró destruir. Ese amor por sus padres, por la naturaleza.

Recuerdo cómo se me apretó el alma cuando nos narró sus años trabajando en una de las comunas más peligrosas de Medellín, donde ni la policía se atrevía a ingresar. De cómo eran la niñez y la juventud de esos seres desarraigados, desplazados, víctimas de esa violencia imparable, que a su turno se convierten en victimarios. Cómo se vuelven adictos a la sangre y prefieran asesinar con arma blanca para luego untar sus cuerpos con la sangre de los otros.

Esa tremenda espiritualidad y convicción en sus palabras; ese compromiso de luchar para que lleguen la paz, la reconciliación, el perdón; esa conciencia de la trágica y abismal inequidad social de este país, de la sed de violencia y más sangre, de la demencia partidista y polarizada que jamás se acaba, sino que cambia de nombre.

Ese hombre que desde hace más de dos años está amenazado de muerte en Cali por decir la verdad y arrojarla en la cara del país entero. Sin eufemismos ni máscaras. A sabiendas de que se juega la vida cuando abre la boca. Ese hombre que sí entendió y practica el mensaje del papa Francisco. Hablar de frente. Trabajar por la paz. Denunciar atropellos.

Miro el Diccionario de la Real Academia de la Lengua: “Genocidio. La aniquilación o exterminio sostenido y deliberado de un grupo social por motivos raciales, políticos o religiosos”. Ni más ni menos, lo que está sucediendo con el asesinato continuo de líderes sociales y de excombatientes de las antiguas Farc. Lo que les rasga las vestiduras no son los asesinatos, sino el término “genocidio”, que es sinónimo de vergüenza para un país. Si monseñor hubiera dicho otra palabra, no habría importado un comino. Unos muerticos más no conmueven a nadie. Estoy de acuerdo en que sí es un genocidio, lento y sostenido. De todas formas, nadie puede negar que se trata de crímenes atroces y sistemáticos.

Lo tildan de comunista, incendiario y peligroso por ser mediador en el proceso de paz con el Eln. Precisamente por ser representante de la Iglesia. ¿O ya nos olvidamos de que el Eln tuvo sus raíces eclesiásticas? Y por eso mismo, una negociación más difícil porque son religiosos, marxistas, troskistas, etc.

Curioso que son las víctimas de Bojayá y otras masacres y los líderes campesinos quienes lo quieren y defienden.

Me parece una vergüenza que los nuncios y civiles de derecha lo estén sentenciando a muerte por decir la verdad. Ojalá Colombia tuviera más daríos de jesús monsalve y franciscos de roux, ambos ya perfilados. ¡Qué espanto!

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