La vida de antes

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Escribo esto mientras en Niza empieza tímidamente, casi con disimulo, el Tour de Francia. Veo las imágenes, leo la crónica del amigo Carlos Arribas en El País y se me aprieta el pecho con una oleada de nostalgia: cuenta que este año en la gran sala de redacción del Tour faltan dos grandes: Gianni Mura, el periodista italiano que cubrió 50 Tours, y Raymond Poulidor, el legendario Pou-Pou, ciclista y cronista. Se murieron este año y a ambos los entrevisté cuando Caracol TV me hizo el encargo de ser un enviado atípico en el Tour, al lado de un verdadero periodista deportivo: Ricardo Orrego. Estos dos muertos, cuenta Arribas, “se notan más que las ausencias y las máscaras”.

El Tour se suele correr en julio, pero este año será casi todo en septiembre, cuando hace menos sol y llueve más. Estaban esperando a que la plaga pasara, pero largan la primera etapa en pleno rebrote. Los ciclistas están más aislados que nunca en sus burbujas y en hoteles secretos. Intentan, así, que a ninguno se le pegue la peste que está asolando el mundo. Ni siquiera así es seguro que el Tour pueda correrse entero y llegar a París. Recuerdo ese calor de julio, el entusiasmo de la gente en los ascensos, las enloquecidas banderas de muchos países en las que uno reconocía, sobre todo, la propia, inevitablemente. Las multitudes en los Campos Elíseos, los niños y los viejos, las familias en fiesta, las copas interminables de champaña que nos regalaban a los periodistas en la última etapa, que más bien es un desfile para mostrar la belleza de la ciudad. ¿No nos dábamos cuenta de que eso era la felicidad? No, tal vez no del todo, quizá porque no éramos capaces de imaginar que todo eso se podía derrumbar de repente por el microscópico virus del murciélago.

Voy a cumplir seis meses de encierro —como casi todos ustedes que me leen— y he envejecido tanto en este medio año que ya ni el teléfono me reconoce. Cuando pongo el Face ID para meterme al banco, la respuesta es inmediata: “Cara no reconocida, intentar de nuevo”. Y por mucho que intente mostrando mi mejor perfil, ese ya no soy yo. En una vida larga me han pasado ya muchas cosas violentas, dolorosas, alegres y felices, pero ninguna tan rara como esta de la peste del COVID-19 y sus consecuencias todavía incalculables. Algunos viven guerras, terremotos o revoluciones que marcan y cambian la vida para siempre; a nosotros nos ha tocado el virus del murciélago, y este año nefasto de 2020 será la marca de un antes y un después.

Lo más grave es que mientras el tiempo parece detenido, mientras las cifras de empleo y producción y déficit y deuda se deterioran, mientras las angustias personales parecen dominar la vida cotidiana, el país ya no vive en la esperanza de la paz, sino en la expectativa de un nuevo conflicto amorfo de bandas, de asesinatos, de masacres, de todos contra todos. La retórica es cada día más furibunda, y grupos armados salvajes, de cualquier pelambre y con una única ideología (la ganancia, el negocio sucio de drogas o de tierras o de minas), nos hunden otra vez en la desesperanza. Vuelve la antigua vocación colombiana de matar. Ya muchos gritan y se preparan para producir más caos. Y en ese caos saldrá la cara de un mesías arrogante, no importa si de izquierda o de derecha, que jurará salvarnos, pero no nos salvará.

La humanidad convivió con cientos de pestes durante los milenios de la historia. Nosotros nos creíamos inmunes, gracias a la ciencia, a estas catástrofes. Y es verdad hasta cierto punto: ya la muerte no se lleva, como antes, a la mitad o más de la población. Pero las consecuencias no serán menos graves y, es raro, en este agosto del año de la peste: el agosto de hace dos o tres años parecía mucho más feliz. Nunca he sido nostálgico, y hoy siento que lo soy por primera vez. Correr con un micrófono detrás de Rigo, de Nairo y de Egan Bernal, sin mascarilla y sin miedo a su respiración, ni a mi respiración, tal vez eso tan simple era la felicidad.

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