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El pasado mes de agosto el periódico El Tiempo hizo lo propio con las exposiciones de arte: en más de nueve ocasiones las inauguraciones fueron la noticia destacada en las páginas sociales.
Nada pudieron matrimonios, showers, despedidas, rumbas nacionales, fiestas consulares, frijoladas, premieres, lanzamiento de champañas y perfumes... las inauguraciones de arte, con un tercio del cubrimiento, son el evento rey de las sociales. En términos de pauta comercial el espacio vale al año más de 150 millones de pesos. ¿Todo este cubrimiento es por amor al arte?… “El arte se ha convertido en la vida sexual del dinero”, afirmaba un crítico.
En la mayoría de eventos (cine, música, teatro) el espectáculo interrumpe la conversación, en las inauguraciones de arte la conversación es espectáculo: precede, acontece y sucede al evento, ignora el arte y sigue hablando; pero, por cortesía (acaso pudor), asume una actitud disimulada: algo de conversación, algo de arte, un par de comentarios sobre lo expuesto… expuesto a la indiferencia: las obras, como dice Borges, “no sabrán nunca que nos hemos ido”, o que no estuvimos ahí realmente.
La inauguración de arte es una pasarela colectiva y rotativa, llegar temprano o tarde no importa (a menos que el trago se acabe). Es evento perfecto para una primera cita: para conocerse y ver a quién conocen. El interés desinteresado del arte sirve como disculpa para los ‘interesados’ del arte: coleccionistas, diletantes y amateurs se irradian de mecenazgo, bohemia y sana locura; productores de arte usan este coctel bursátil para cerrar afanosos negocios que cubran todo lo que no puede exhibirse con decoro: cuentas de arriendo, agua, luz, teléfono, colegios… (algunos —con simpleza— enmarcan y venden la pobreza del otro para alejarse de la propia, la alquimia del comercio: nigromancia y culpa se transmutan en ‘compromiso’ y ‘denuncia’).
“¿Qué ofrece la prensa?”, es la pregunta que hace y responde el área de publicidad de un periódico como, por ejemplo, El Tiempo: “Es un medio que da imagen y prestigio. La prensa es el medio que goza de mayor credibilidad e influencia en la opinión pública”. Es tan efectivo y creíble que hay personas que ven las sociales y no entran a las galerías, asumen que ahí cobran la entrada, exigen invitación o hay que estar elegante (no son ‘hombres y mujeres entre 28 y 64 años de estratos 4, 5 y 6’: el target del periódico). Este equívoco no lo sufre casi ningún artista, ellos, como lo sabe un cotizado pintor norteamericano, son “la élite de la servidumbre”.
*Profesor de la Universidad de los Andes.
