Por: Reinaldo Spitaletta

La villa está que arde

Desde hace más de treinta años, Medellín, otrora la ciudad industrial de Colombia, padece, con ciertos interregnos, la presencia de la mafia, bandas de sicarios, disputas armadas territoriales y un complejo entramado de delincuencia organizada.

En la moderna villa vuelven a florecer los combos, que le han devuelto su viejo título de ciudad peligrosa y, en los últimos meses, ha aumentado la criminalidad.

El dominio de determinados grupos delictivos es manifiesto. La expresión de tal situación se presentó hace poco y es como de novela de realismo mágico. En los funerales de un miembro de la banda de los Triana, la caravana de buses y motos atravesó seis barrios de la ciudad para llegar a un cementerio entre Copacabana y Bello.

El cortejo con el féretro de alias Chichón, que murió de cáncer, causó no sólo temerosa curiosidad en la ciudadanía, sino caos vehicular y se constituyó en un desafío a las autoridades locales. El personero delegado de Derechos Humanos, Jorge Ceballos, declaró al diario El Mundo que el Estado está siendo retado por grupos armados ilegales: “las autoridades tienen que asumir este reto, porque no se puede permitir que en ningún centímetro del territorio sean los actores ilegales los que impongan la ley, cohíban la circulación, el comercio y la movilidad”.

El desfile mortuorio, convertido en demostración de poder, pasó por el Centro Cultural Moravia, donde el alcalde de Medellín, Alonso Salazar, ofrecía un discurso. Comentan que los que no sabían quién era el muerto (el segundo al mando de la citada banda) creían que era una celebridad a lo Michael Jackson. Los comercios cerraron por “sugerencia” de la gallada y hasta se paralizó el sistema de metrocable entre las estaciones Acevedo y Santo Domingo Savio.

El caso es que desde hace rato, en Medellín se “calentó el parche”, como dicen los muchachos de los barrios populares. Y la calentada tiene que ver con asesinatos, desapariciones, desplazamiento forzoso y la restauración de un conflicto urbano, al cual solo se le había practicado una operación de maquillaje, y que tiene en ascuas a los habitantes de muchos sectores de la ciudad.

Según el comandante de la Policía Metropolitana del Valle de Aburrá, brigadier general Dagoberto García, se han identificado doce conflictos en nueve comunas de Medellín, generados por las actividades delictivas de las bandas, por el control de los expendios y distribución de estupefacientes. Las autoridades dicen haber identificado 123 estructuras criminales, articuladas a las mafias de narcotráfico, en particular a la denominada Oficina de Envigado.

Algunas de esas organizaciones están compuestas por antiguos reinsertados, que volvieron a sus andanzas criminales. La gente se pregunta cuál es la causa del recrudecimiento de la violencia en la ciudad, que para lo corrido de 2009 lleva 1.081 homicidios, cifra que supera a los registrados en todo 2008 (1.044).

Lo que sí es claro es que tales estructuras, combinación de mafia, paramilitarismo y narcotráfico, no fueron desmanteladas; tal vez, entraron en un replegamiento, como parte de un fenómeno que popularmente se conoció como la “donbernabilidad” en los tiempos del alcalde Sergio Fajardo. Cuando Don Berna perdió el control en la ciudad, reapareció una diversidad de capos de bajo perfil.

Las vacunas y el “microtráfico” de drogas en casas de vicio son actividades rentables para los grupos armados ilegales. Según las autoridades, la venta al menudeo de estupefacientes mueve al mes 4.500 millones de pesos. Entre tanto, el sicariato va en auge, vuelve el terror a los barrios y la gente se siente cada vez más insegura, en medio de otros flagelos como la pobreza y el desempleo.

El poder de la mafia crece y al parecer no sólo en Medellín. Ya algunos vuelven a comparar esta ciudad con Nápoles, con las pavorosas situaciones que muestra el escritor Roberto Saviano en su libro sobre la Camorra. Suenan otra vez los timbres que alertan sobre el poder mafioso, que también ha penetrado las estructuras estatales en Colombia.

 

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