Por: William Ospina

La voz que falta

SIEMPRE HE PENSADO QUE EL MAL de Colombia no es tener guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes, políticos corruptos, poderosos núcleos de delincuencia organizada y partidos que nunca representan la causa profunda de las mayorías, sino no tener una ciudadanía con criterio, con iniciativa y con pensamiento crítico capaz de ponerle freno a todo eso, capaz de proponer y de imponer un modelo de sociedad más justo y más moderno.

A diferencia de países como México, donde primero la Reforma y después la Revolución generaron unas instituciones patrióticas, que durante un buen tiempo se empeñaron en engrandecer lo mexicano y darle un lugar en el mundo, y que intentaron construir un Estado mínimamente benefactor de la comunidad; a diferencia de Argentina, donde algunos gobiernos como los de Roca e Irigoyen emprendieron reformas liberales que empezaron a corregir seculares discriminaciones, y donde incluso un gobierno tan discutido como el de Perón fortaleció a sectores antes subordinados e inferiores, y les dio una nueva conciencia de su importancia, de modo que casi todos terminaron siendo peronistas; a diferencia de Ecuador donde Eloy Alfaro…, a diferencia de Bolivia donde los mineros del 52…, a diferencia de Venezuela donde hasta las sombrías dictaduras de Gómez y de Pérez Jiménez algo modificaron en el orden de las fuerzas sociales y dieron espacio a otros sectores en el manejo del Estado, en Colombia no se rompió jamás la cadena de oro del poder, no se suspendió jamás la línea casi dinástica de las élites al mando del Estado, y hay quien afirma que hasta una rastreable línea de consanguinidad ha unido a todos los sucesivos presidentes de la República.

Lo cierto es que aquí no se abrieron camino jamás las reformas liberales básicas que les dieron cierta normalidad a casi todos los otros países del continente. No se abrieron camino ni los radicales del siglo XIX, ni los socialistas de comienzos del XX, ni el gaitanismo, ni el Frente Unido de Camilo Torres, ni la Anapo de Rojas Pinilla, ni las ideas de Antonio García, de Gerardo Molina, de Fernando González, de Estanislao Zuleta, de Orlando Fals Borda, de todos los que intentaron alguna modificación de nuestro orden mental y con ello de nuestro orden social. Basta recordar que Colombia era un país tan premoderno que durante décadas quienes querían casarse por lo civil tenían que viajar más allá de cualquiera de nuestras fronteras, a Panamá, Venezuela o Ecuador, para hacerlo. El índice católico imperó de tal manera que se diría que las nuestras son las primeras generaciones que en Colombia han podido leer libremente. Tan poco efecto tuvieron las ideas liberales y las socialistas sobre el cuerpo de la sociedad que, antes que las reformas agrarias, en nuestro país siempre se abrieron paso, a sangre y fuego, más bien las contrarreformas agrarias, que concentraron década tras década el mapa de la propiedad territorial hasta llegar a las escandalosas y ciertamente criminales cifras de hoy.

En otros países la insatisfacción, la disidencia, asumen plenas expresiones políticas, porque existen vínculos sociales que permiten la organización de esos intereses, y un mínimo respeto de los conciudadanos hacia los que piensan distinto. En Colombia toda insatisfacción, toda disidencia, tiende a ser asimilada con la ilegalidad. Pero si la rebeldía individual, salvo cuando es teórica o simbólica, termina siendo una forma del delito, en el mundo moderno la rebeldía colectiva tiene que asumir una expresión política. Aquí los individuos crecen de tal manera en la falta de identificación con su comunidad, que muchos procesos de rebelión terminan degradándose en fenómenos criminales, como en el caso de las guerrillas, a las que hasta sus mayores enemigos les reconocen haber tenido en su origen una motivación política, pero a las que la sociedad entera ha terminado identificando sólo con sus prácticas criminales, su inhumanidad y su incapacidad de formular alguna propuesta política civilizada. Y quienes creyeron en la bandera de la paz, pero siguieron pensando distinto, como en el caso de la Unión Patriótica, una implacable y espantosa política de exterminio los borró del mapa sin permitir que se abriera camino siquiera el trazo sagrado de un dolor colectivo.

Los proyectos políticos no sólo necesitan programas y argumentos, necesitan también definir un estilo, una manera de convocar a la ciudadanía y de hablar con las mayorías, y eso es lo que casi nunca han logrado en Colombia los movimientos y partidos alternativos. Si el viejo bipartidismo liberal conservador logró gobernar a Colombia, bastante mal por cierto, durante doscientos años, es porque por lo menos se parecía al país, y sobre todo a los defectos del país. Aprovechaba que los colombianos crecimos en el individualismo, carentes de grandes sueños colectivos, para reinar sobre la indiferencia, sobre la apatía, y para abrirse paso por el camino del soborno, cambiando votos por puestos y por pequeñas dádivas, en esa práctica todavía vigente que llamamos clientelismo.

¿Cuándo aprenderá la oposición a hablar un lenguaje que la gente entienda, y que represente de verdad una alternativa? No se trata de tener las mismas prácticas de liberales y conservadores barnizadas con otro discurso: se trata de encontrar nuevos lenguajes para hablar de política, grandes sueños para convocar a la juventud, otra manera de concebir la democracia como diálogo de la inteligencia, como espacio de la imaginación y como fiesta de la convivencia.

A medida que el proyecto político imperante se desgasta en Colombia, ningún partido político ha debido crecer y consolidarse tanto como el Polo Democrático. Ello no ha ocurrido y quizá la explicación esté en que sus dirigentes tendieron a eternizar las costumbres de sus adversarios, a estar contando votos que por ese camino nunca llegarán, y no han logrado arrojar el puñado de semillas de un nuevo país, ni convocar a esa ciudadanía laboriosa y crítica que sea capaz de dejar atrás con inteligencia y con audacia este mezquino círculo de guerras medievales.

 

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