Por: Reinaldo Spitaletta

Las bases de la ira

En reciente entrevista, el lingüista estadounidense Noam Chomsky decía que hablar de soberanía colombiana “es un chiste”.

Y advertía que el Plan Colombia, creado por Bill Clinton, es una intervención agresiva en los asuntos internos de este país. El asunto –gravísimo- de la instalación de siete bases militares gringas en Colombia (o como las llama el eufemismo: locaciones de seguridad cooperativa) es un campo minado que ha empezado a estallar en América del Sur.

Hasta hoy, los consabidos pretextos de la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, además de las intervenciones militares norteamericanas, no han resuelto los eternos males de los países que giran en la órbita de Washington. Es más: los han agravado. Quién puede creer a estas alturas que se trata, cual fábula mal escrita, de una cooperación, sobre todo viniendo de un país que históricamente ha promovido dictaduras, golpes de estado, torturas y establecimiento de regímenes represivos en diversos lugares del mundo.

Está archisabido que los Estados Unidos han perdido influencia en América Latina. Esta situación los pone de nuevo a la ofensiva para tener otra vez control sobre el petróleo de Venezuela y Ecuador, el gas boliviano, los recursos naturales amazónicos, la exuberancia de aguas del Paraguay, etc., y seguir campeando en la explotación de las riquezas de biodiversidad y otras de Colombia.

Los Estados Unidos –que tienen más de mil bases en el mundo- necesitan fortalecer su presencia militar en Latinoamérica y como ya varios países se han salido de su redil, entonces les queda Colombia como su punta de lanza. Y volvemos al chiste propuesto por el intelectual gringo. El gobierno colombiano, que no le ha explicado al pueblo el acuerdo sobre las bases militares, dice que está haciendo uso de su soberanía para el mismo, y que las tropas “americanas” se requieren para luchar contra el narcotráfico y las Farc (para nada se mencionan los paramilitares, que según un dirigente de ellos siguen “vivitos y coleando”).

Es fama, también, el aumento del pie de fuerza en el país, además del negocio (para los gringos) del Plan Colombia, y que la mayor parte del presupuesto nacional se dedica a la guerra, pero el narcotráfico ha aumentado y las Farc (a las que se prometió que se derrotarían en un año) están todavía ahí, como el dinosaurio del célebre microcuento. Esa inversión en “seguridad” ha ido en detrimento de las que se pudieran hacer en la creación de empleo, en la salud y la educación.

El caso de la instalación de siete bases en Colombia, además de demostrar la dependencia de Uribe de los intereses norteamericanos, deja en evidencia la posición de Obama, sobre quien algunos cándidos albergaban esperanzas de cambio en la política exterior gringa. Continuando la estrategia militarista de su antecesor republicano, el demócrata, que además niega que sean bases militares sino un simple acuerdo de cooperación, se deja venir “sin prisa pero sin pausa” para enquistar sus tropas en ese enclave que es Colombia.

El encuentro de Bariloche, con ciertas características de telenovelón, dejó ver, sin embargo, la preocupación de países vecinos por las bases militares, que no es asunto de poca monta. A Colombia no vendrán los enviados de Washington a temperar. O, como alguien decía, a practicar deportes extremos. Se trata de geopolítica, de intereses estratégicos. Al desactivarles Ecuador la base de Manta, les queda de perlas Colombia, ya no con una sino con siete, de las que algún día, según las circunstancias, saldrán los Awacs y los C-17, ¿para qué?
Es, entonces, válida la inquietud de la mayoría de países sudamericanos que ven en el pacto entre los Estados Unidos y Colombia una amplia posibilidad de desestabilización regional. Con el Plan Colombia, la Casa Blanca, mediante transnacionales y contratistas, ha privatizado la guerra en este país. Ahora, con la presencia militar extraterritorial querrá disuadir (o invadir) las intenciones de los vecinos de lograr su autonomía y dignidad.

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