Por: Héctor Abad Faciolince

Las caras de la protesta

Buena parte del mundo está en la calle, protestando. Casi podría decirse que una mitad protesta y la otra mitad protesta contra los que protestan. Esto, que puede parecer una caricatura, se ve patente en el caso de Bolivia: las protestas callejeras sacaron del poder a Evo Morales; y ahora las protestas en la calle contra quienes sacaron a Evo Morales del poder hacen muy difícil que se constituya un nuevo gobierno.

Esta semana, en el atrio de la estación de Sants, en Barcelona, vi algo muy parecido: un grupo de unos 200 separatistas protestaba con el puño en alto (“¡fuera las fuerzas franquistas de ocupación!”, gritaban), y al frente otro grupo numeroso de anticatalanistas se les enfrentaban también en catalán, con gritos mucho más banales y prácticos: “¡por culpa de vosotros voy a perder el tren!” e incluso “¡por culpa tuya no puedo mear!” (en palabras de un señor muy viejo) a lo cual los nacionalistas contestaban: “¡pues méate en los pantalones!”.

En Londres ha habido grandes manifestaciones por el brexit y manifestaciones enormes contra el brexit. Aquí mismo, en Colombia, esta semana, los manifestantes no encapuchados se enfrentaron contra los manifestantes encapuchados. Y mientras muchos analistas creen que las protestas globales de hoy tienen que ver con la percepción de la clase media de que es mucho más vulnerable que antes, porque el crecimiento económico está estancado, al mismo tiempo las protestas de los ecologistas contra el cambio climático lo que piden es todo lo contrario: sacrificar el crecimiento económico para privilegiar la protección ambiental del planeta.

Tengo una amiga anarquista que reconoce que ella, con tal de protestar, saldría a manifestaciones por A y por No A. Contra el cierre de una mina de carbón porque esto dejaría sin sustento a las familias de los mineros, y a favor del cierre de esa misma mina porque el carbón es un combustible fósil que contribuye al cambio climático. Hace unos años Duque marchaba contra Santos y el acuerdo de paz; esta semana marcharon los defensores de ese mismo acuerdo de paz.

En las numerosas listas de motivos que circulaban en periódicos y en redes para salir a marchar esta semana, las razones podían ser tan disímiles que llegaban a ser contradictorias. Contra la deforestación de la Amazonia, y contra la persecución de los colonos y campesinos cocaleros de las regiones apartadas de Colombia (léase Amazonia). Esto recuerda un poco el caso de los chalecos amarillos en Francia. Macron hace reformas de corte ambientalista para desestimular el uso del automóvil y el consumo de gasolina que contribuyen al calentamiento global, lo cual genera la protesta de los campesinos que usan carros y gasolina para trasladarse de un pueblo a otro en el campo. Estoy seguro de que si aquí se introdujera una norma ecológica sana para desestimular el uso de la moto y se les cobrara peaje a los motociclistas, tendríamos marchas y bloqueos de carreteras por parte de los motociclistas.

Existe, sin duda, un malestar global. El actual presidente de México, López Obrador, se tomó hace unos cuantos años las calles de ciudad de México durante meses. La mayoría de los mexicanos creyeron en sus protestas y en sus promesas y lo llevaron al poder. Hoy el crecimiento de México está en cero y la fuga de capitales hace temer por la estabilidad del peso y por los empleos de obreros y de la clase media. En Venezuela los cacerolazos sacaron del poder a la vieja clase dominante y llevaron al poder los boliburgueses. Es posible que quienes protestan tengan razón, pero cuando llegan al poder no saben gobernar mejor que los otros: gobiernan incluso peor.

La gente que está en la calle tiene razón al protestar por lo que protesta. En algunos casos sus demandas son obvias y fáciles de compartir: no matar indígenas ni líderes sociales. Claro. Pero ¿mejorar los salarios de todo el mundo? Sí, sería muy bueno. Lo difícil es darle respuesta a la pregunta más simple: ¿cómo?

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2019-11-23T00:38:55-05:00

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2019-11-23T15:21:45-05:00

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