Por: Santiago Villa

Las invasiones vándalas

El país entró en zozobra, luego pánico. Los cobardes se escondieron y los valientes se armaron con lo que tenían a la mano para defenderse de los invasores. Los que no salieron a la puerta de sus residencias y montaron guardia, templando su ansiedad con la expectativa de la violencia, caían presos de una crisis de nervios sin solución.

Pero resulta que todo era teatro. Era falso lo que decía el locutor. Un observatorio astronómico nunca notó que hubo explosiones en la superficie de Marte. Mucho menos que se trataba de naves despegando para dirigirse a la Tierra y aterrizar en Nueva Jersey. Aun así, muchos estadounidenses lo tragaron entero. La adaptación para radio que, el 30 de octubre de 1938, Orson Wells hizo de la novela de H.G. Wells, “La guerra de los mundos”, tuvo un giro: se presentó en modalidad de “falsas noticias” como especial de Día de las Brujas.

El episodio se ha vuelto emblemático de cuán poco hace falta para desatar un pánico social, del poder de los medios de comunicación para encenderlo, y claro, de la estupidez del ser humano cuando piensa en manada.

El jueves en Cali fue un abrebocas para lo que sería el viernes en Bogotá. Si bien la violencia de saqueadores desestabilizó la ciudad, y al menos hay un video de algunos entrando a una casa, el verdadero pánico se instala con la ficción, que a menudo es más poderosa que la realidad.

Las dos ciudades entraron en toque de queda sin necesidad y bajo la misma estrategia de intimidación por parte de, no digamos “fuerzas oscuras” -una expresión que detesto por su vaguedad-, sino “intereses políticos”. El hecho de que fueran congresistas del Centro Democrático quienes más azuzaban este terror nos da pistas de quiénes fraguaron el plan.

En medio del torbellino mediático y de redes tuve un deja vu hacia al gobierno de Álvaro Uribe. Esa sensación de que las pantallas proyectaban una Colombia “más grande que lo real”. Una realidad aumentada y desbordada en episodios de extraordinario dramatismo; como la desmovilización del Bloque Cacica La Gaitana y la Operación Jaque. En suma, montajes para controlar a las masas.

Y al igual que con esos episodios, casi ningún periodista hizo preguntas. Se tragaron el cuento entero, lo repitieron en sus redes, lanzaban alertas. En suma, otra vez se prestaron para la manipulación política del uribismo y cumplieron un papel de ingenua caja de resonancia; y digo ingenua para darles el beneficio de la duda.

Hay una falta imperdonable: la ausencia de pensamiento crítico. Se compartieron videos donde se hablaba de vándalos entrando a edificios, cuando las imágenes no mostraban a ningún criminal entrando a edificios. Fue proyección pura y dura. Algo sumamente interesante y peligroso, que no se le puede perdonar a un profesional cuyo trabajo es depurar la información, verificarla y contrastarla. Creer es un reflejo y el escepticismo es un músculo que se atrofia si no se usa: nuestro trabajo es fortalecer ese músculo.

No obstante, muchos todavía siguen creyendo que los vándalos se entraban a los conjuntos residenciales. En conversaciones informales todavía hay personas que responden con que se entraron al conjunto de su tío (madre, hijo, sobrina, amigo, compañera). Siempre me hablan de segunda mano. Nadie ha dicho en primera persona que se entraron a su apartamento ni han podido decir que se hayan llevado algo. Creer en una realidad aumentada también es un acto de autoindulgencia.

Elías Canetti, en su libro Masa y poder, dice: “La más segura y, a menudo, única posibilidad de conservarse es, para la masa, la existencia de una segunda masa a la cual pueda remitirse”. El combate de una masa contra otra es uno de los más primitivos elementos de cohesión social. Los vecinos de los barrios residenciales armados con palos en la calle, esperando la llegada de los marcianos, estaban estableciendo una cohesión.

Y si bien su enemigo en esta oportunidad era ficticio, hay un enorme peligro en la sociedad colombiana. El viernes asomó su asquerosa cabeza la xenofobia latente que hay contra los venezolanos, y por poco, por muy poco, Bogotá se abandonó a ella.

Twitter: @santiagovillach

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