Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Las lógicas de la política

Los demócratas estadounidenses recibieron un no tan pequeño regalo de Navidad: la conquista de la curul senatorial de Alabama. Que esto se considere casi un milagro, a despecho de todas las manchas del candidato republicano —un tipo violento, homofóbico, racista limítrofe, acusado de múltiples violencias sexuales contra menores—, sólo habla de lo conservador que es ese estado. Reporta CNN que en los últimos 20 años largos sólo eligió a un demócrata, quien de inmediato se volteó y se pasó a las filas de los conservadores. Pero esta vez se pudo. Y con un tipo razonablemente progre y profesional (vuelvo a esto en un instante).

Siempre que ocurre un evento de estos, vale la pena analizar cómo se logró. Claro, cada uno de ellos es idiosincrático, dependiente de su contexto respectivo. Ninguno podría generar nada parecido a una receta. Pero a la vez todos ellos contienen los suficientes materiales como para dar motivos de reflexión para aquellos políticos prácticos que enfrentan fuerzas de derecha radical con bases grandes y estables y con muchas victorias electorales a sus espaldas.

¿Y bien? Estos demócratas de Alabama hicieron al menos cuatro cosas bien. Primero, renunciaron a responder a la violencia verbal de los republicanos golpe por golpe; se concentraron en sus propias propuestas, eso sí estableciendo un claro contraste con sus adversarios y llamando a una coalición “por la decencia”. Segundo, y muy importante, adelantaron una campaña de un profesionalismo impecable, recaudando dinero, creando una maquinaria capaz de activar sus bases, reproduciendo técnicas que ya habían demostrado ser exitosas en el pasado (por ejemplo la comunicación altamente personalizada, apoyada en sofisticadas bases de datos, una de las marcas de fábrica de Obama). Tercero, no se corrieron al centro, o al menos no lo hicieron de una manera blanda y disolvente. Esto es importante, porque constituye una solución a un problema real que han enfrentado los demócratas en los últimos años. En efecto, la continua radicalización republicana los ha puesto frente a un dilema. Si persisten en sus posiciones, pueden perder a los moderados. Pero si ponen en sordina las reivindicaciones de sus bases, corren el peligro de que estas se enfríen y simplemente no acudan a las urnas. Los afroamericanos, por ejemplo, no iban a votar por los republicanos, pero ante una propuesta demócrata pasada por agua podían simplemente optar por quedarse en casa. ¿A cuento de qué iban a votar si no había nada en juego para ellos? Los demócratas de Alabama evadieron la trampa ofreciendo políticas sociales serias y caminos de inclusión palpables, que podían interesar a los vulnerables y excluidos, junto con un tono sensato y decente y una capacidad de gobierno que apelaban al gusto de los moderados. No renunciaron a un reformismo real y con dientes pero tampoco perdieron a los moderados cosa que, como demuestran los primeros análisis, fue fundamental para su triunfo.

Cuarto, y consecuentemente, no excluyeron; incluyeron. Entendieron que tratándose de elecciones sumar es mejor que restar. Simple, pero difícil de entender, como lo muestra el contexto colombiano. Construyeron una coalición muy amplia, que involucró desde los viejos generales del partido hasta los liderazgos de diferentes sectores sociales. El único pero fundamental derecho que se arrogó la campaña fue el de coordinar todos estos apoyos, de tal manera que fuera ella, y no algún interés particular o algún impulso de aficionado, quien eligiera las circunstancias de tiempo, modo y lugar en las que aquellos apoyos fueran utilizados y exhibidos.

En política, toda victoria es inestable, parcial e impura. ¿Tendrá esta sus bemoles? No lo dudo. Pero mostrar la capacidad de detener la oleada de lodo que se nos vino encima en las condiciones menos propicias siempre llama la atención. Un logro de políticos serios, con la capacidad y las ganas de innovar, sumar y ganar.

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