Por: Mauricio Rubio

Las violaciones como arma de guerra

En 1937, el ejército japonés arrasó la antigua ciudad china de Nanking. En unas semanas murieron cerca de 300 mil personas, más que en medio siglo de conflicto colombiano.

Testimonios recogidos por la historiadora Iris Chang revelan ataques indiscriminados contra las mujeres. “Sin importar si eran jóvenes o viejas, ninguna pudo evitar ser violada. Mandábamos nuestros camiones para capturar muchas mujeres. Cada una de ellas se asignaba a 15 o 20 soldados para sexo y abuso”. Como la ley militar prohibía las violaciones, los oficiales les pedían a los soldados no dejar testigos. “Páguenles algún dinero o mátenlas cuando hayan acabado”, recomendaba un oficial.

En cien días de 1994 fueron asesinadas en Ruanda unas 800 mil personas, en su mayoría tutsis. Según Amnistía Internacional, Naciones Unidas estimaba en más de 250 mil las violaciones. “Durante la guerra, los milicianos venían buscando hombres para matar y niñas para tener sexo”, recuerda Clementine. Los nacidos del genocidio son conocidos como “hijos de malos recuerdos”, y la mayoría de las mujeres con quienes habló AI en marzo de 2003 en la prisión de Byumba “cumplían largas condenas por aborto o infanticidio”.

En el 2000 Helena Smith, periodista del Guardian, reportaba que según la OMS unas veinte mil mujeres kosovares fueron violadas en los dos años previos a la entrada de la OTAN a los balcanes. La Cruz Roja estimaba que en un sólo mes el número de bebés resultantes de las violaciones se acercaba a cien. Un ginecólogo del Hospital de la Universidad de Pristina anotaba que “todos practicábamos abortos a toda hora”.

Un año antes, Elisabeth Bumiller del New York Times señalaba tras dos semanas de entrevistas en Kosovo y Albania que la violación fue utilizada por las tropas serbias para golpear la esencia de la sociedad musulmana. Dos aldeanas le hablaron de 300 mujeres retenidas en tres casas por varios días. Cada noche se llevaban a cuatro de cada grupo. Al volver ninguna comentaba lo que le habían hecho. Un muro de colegio advertía “vamos a violar a sus mujeres, que darán a luz niños serbios”. La periodista aclaraba que “hasta el momento, no hay pruebas sólidas para Kosovo de las decenas de miles de violaciones sistemáticas que se reportaron en Bosnia”.

En el Auto 092 del 2008, la Corte Constitucional afirma que en el conflicto colombiano “la violencia sexual contra las mujeres es una práctica habitual, extendida, sistemática e invisible”. El Grupo de Memoria Histórica, precisa que una vez “revisado, depurado y actualizado” el anexo reservado de ese Auto pudo identificar, entre 1990 y 2010, 142 casos de violencia sexual. Estos siete ataques por año no fueron necesariamente violaciones. Incluyen “desnudez forzada, prostitución forzada, esclavitud sexual, intento de violación e imposición de un código de conducta”. El GMH menciona 32 casos anuales de violencia sexual identificados en el Registro Único de Víctimas entre 1985 y 2012, sin especificar el tipo de ataque.

Para el GMH la violencia sexual “irrumpió en el debate público global cuando, en conflictos internos como los de la Ex-Yugoslavia o Ruanda los tribunales, la academia y los movimientos de víctimas se vieron confrontados al hecho de que la violación había sido una práctica masiva que correspondía a estrategias y cálculos de actores de guerra”. Como en el país también hay conflicto armado, el escenario se importó tal cual. Los casos recopilados, sentencia el GMH, “confirmaron el uso de la violencia sexual como arma de guerra”.

Para un mismo lapso, por cada mujer violada en la guerra colombiana hubo cerca de cien mil en Ruanda, treinta mil en Nanking y un millar en Bosnia o Kosovo. En esos conflictos étnicos el número de ataques sexuales ha sido similar al de mujeres asesinadas. En Colombia, por cada violación la confrontación armada ha dejado unas ochenta muertes femeninas. A veces en este país hasta instituciones serias pierden el sentido de las proporciones.

Referencias y datos



 

 

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