Por: Valentina Coccia

Las voces de los ancianos

Rafael Cassiani, de San Basilio de Palenque, se mece en su mecedora a las sombras de los árboles y a la lumbre del sol. Sonríe con vehemencia: sus dientes blancos resplandecen sobre la bruma de su piel, y con alegría, con espontánea vivacidad, sus negras manos comienzan a contar la historia de cómo una calabaza, trasportando la luz de una vela, dio sagrados indicios de una muerte imprudente bajo las aguas de un pozo.

La voz de Don Rafael, que en medio de tantas risas y gestos demarcó su cara con las marcas de la experiencia, se unió a las de un coro de centenares de ancianos, que para el concurso nacional Historias en Yo Mayor, organizado por la Fundación Farenheit 451, revivieron sus historias, sus recuerdos y legados, dejando en claro cómo sus palabras, tantas veces silenciadas, interrumpidas o desdeñadas, forman parte de un patrimonio cultural que no tiene límites.

Hoy en día es común convivir con los ancianos. Cada vez es más frecuente oír que las personas llegan a los 90, a los 100 años, sin representar necesariamente la cumbre de la longevidad. La vida se ha prolongado inesperadamente, alcanzando fronteras nunca antes imaginadas. Cada vez es más frecuente que los niños conozcan a sus bisabuelos y tengan la oportunidad de acariciar sus manos ásperas, de agarrar sus huesos débiles, de llevarse aunque sea un recuerdo fatuo de los ojos vidriosos pero tenaces de los mayores de la familia. Sin embargo, si corremos desesperadamente hacia atrás, y si logramos cruzar las barreras de la historia  y soñar con la lista de antepasados que nos miran desde tiempos muy antiguos, seguramente recordaremos que en ese tiempo lejano era muy extraño que una persona sobreviviera más de 30, 40 o incluso 50 años.

Hablando de forma general, en algunas culturas la longevidad era vista como un privilegio concedido por la virtud. La larga supervivencia era un fenómeno sobrenatural, un acercamiento a los conocimientos divinos, una muestra de sabiduría, una fuente inagotable de consejos, de experiencias y de relatos que brotaban sin cesar. La posición del anciano era muy respetada, pero a medida que las distintas culturas se fueron secularizando, y la vida se fue prolongando, su papel y sus discursos se quedaron en un pedestal olvidado, suplicando la gracia del tiempo.

Proyectos como Historias en Yo Mayor están tratando de recobrar la validez de las voces de los mayores, que en países como el nuestro han sucumbido en el olvido. En Colombia, país sin historia y sin recuerdos, el anciano se convierte en un talismán del pasado, en un viajero del tiempo, que con sus historias viene a contarnos cómo era la vida mucho antes de que nosotros la pudiéramos recordar. De esta manera, estas historias vienen a reconectarnos con el presente: llevan nuestro barco a las oscuras aguas del pasado pero siempre sueltan las anclas en los puertos de las vivencias de hoy en día.

Por ejemplo, en un mundo en el que se ha perdido el espíritu comunitario, los abuelos vienen a traernos historias de solidaridad, historias de construcción; historias donde la fortaleza, ayudada por los penosos lamentos de la necesidad, unió a los hombres para fundar un refugio donde subsistir. La heroica tenacidad de los ancianos nos dio un lugar al que podemos llamar patria, o al que podemos llamar hogar. Así lo cuenta Manuel Antonio Ardila en otra de las historias, relatando cómo el barrio Los Laches, en Bogotá, habitado previamente por campesinos, fue urbanizado a través del trabajo comunitario. “Lo bonito de nuestro barrio era que las familias eran muy unidas y trabajaban todos…”, dice Don Manuel con orgullo, recordándonos con esta historia no solo los orígenes del suelo y las casas que habitó, sino también el espíritu con el que todo fue construido.

En otros casos, estas voces explican las circunstancias del presente recordándonos cómo un pequeño acto de rebeldía pudo tergiversar todo para las generaciones venideras. Por ejemplo, Rosa Inés Zamora, de una vereda de Boyacá, contaba cómo su padre quería casarla con un hombre mayor cuando ella apenas contaba con 11 años de edad. Doña Rosa, rehusándose al destino que compartía con muchas otras, decidió escapar para recuperar la dignidad de su niñez. “Cuando yo me enteré de eso, pues me robé un pollo de los mismos de la casa, y arranqué y le pagué al chofer con eso el pasaje pa’que me trajera aquí pa’Bogotá”, dice, mostrándonos no solo el sentimiento de rebeldía que había detrás de su fuga, sino también el espíritu de cambio que ella impulsó a través de una decisión trascendental.

En la coyuntura que vivimos como país, esta memoria que los ancianos guardan en sus relatos también nos reconecta con los orígenes de la violencia en Colombia. Don Simón Muñoz, oriundo de la ciudad de Tunja, recita para nosotros un poema que su abuelo, combatiente de la Guerra de los Mil Días, compuso después de su travesía. Casi 90 años después, don Simón tuvo la ocasión de dar a conocer la obra de su abuelo, pero más que nada, con ese canto que se levanta desde las tumbas del pasado, nos regala la ocasión de comprender que las consecuencias de una guerra son siempre las mismas. “Dejo mi sangre, dejo mi vida por un gobierno que no he querido”, recita don Simón con cadencia, ritmo y corazón, recordándonos que el hambre, la desdicha y la pobreza que la guerra nos otorga, además de ser un sin sentido para la mayoría de víctimas, afectados y combatientes, son también el medio más presto para dejarnos en soledad y desventura.

Después de un amplio recorrido solo puedo invitarlos a callar para darle la palabra a nuestros ancianos, que después de años de transitar los caminos de un país devastado por la violencia y el maltrato, pueden enseñarnos a revivir las memorias de un pasado que anhela ser rescatado de los profundos y oscuros pozos del mar. 

@valentinacocci4  [email protected]

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