Lecciones de amor…

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Llegó el tan anhelado día. Las noticias dicen que volvemos a “salir a trabajar”… Pero, de verdad, ¿queremos salir? ¿Nos fue tan mal en familia como para salir corriendo? Ahora que volvemos a la nueva normalidad, muchos se burlan y corren a decir que les quedan pocos días para aprender a hacer masa madre y rollos de canela, hornear galletas, hacer la huerta orgánica, adelgazar 10 kilos, bajarle a la carne roja y hasta amasar pasta casera. Puede sonar gracioso, pero yo sí lo apliqué todo (a mucho honor, je je je) y creo que muchos, así sea con una de esas tareas hechas, sentimos que conquistamos la vida y, de alguna forma, esa nueva vida nos enamoró.

Las lecciones son todas: aprender a no depender de nuestros colaboradores en casa, pero también a valorarlos mucho más de ahora en adelante. Probar recetas y divertirnos con actividades sencillas que, aunque nos dejan cochinos y quizás llenos de harina, pintan una sonrisa en el corazón por poder compartir con los nuestros el resultado apenas sale del horno. Cocinar y cocinar y saber que no somos tan malos para eso, sino más bien habernos dado cuenta de que hasta buena sazón tenemos. Además, creo que a quienes activamos la huerta nos llena de mucho orgullo no solo haber sembrado y consumido de nuestros cultivos, sino la iniciativa de estudiar e interesarnos por comer cada vez más fresco y mejor.

La pandemia nos enseñó a valorar todo lo que siempre conocimos como oficios, que al final son artes del corazón. Aprendimos lo que cuesta que una semilla se convierta en una gran lechuga, tanto en tiempo como en inversión; volvimos a apreciar el conocimiento del campesino que sabe qué y cómo sembrar para que todo llegue hermoso a nuestra mesa. Igual pasa con nuestro panadero de confianza, quien con preocupación reconoce que bajó la cuenta de fiado, mientras yo asumo que en algo subió la báscula, pues cada pan hecho en casa suma por dos.

La tierra pedía a gritos oxígeno y se lo dimos. Ahora el reto está en no volver a ser los mismos depredadores que no conocen la importancia de cada ser que se mueve sobre la faz de la Tierra y lo importante que es para nuestra salud que convivamos en paz. Así haya sido un reto donde todos los días no tenían cara de mojicón perfecto, porque reconozco que hubo bastantes con cara de pan que nunca creció, para mí fue un gusto descubrir nuevas recetas, compartir enseñanzas y dejarme seducir (poco, por ahora) por una dieta donde las plantas son más importantes que las proteínas animales. Quizás lo más importante de todos estos días de encierro en mi edificio fue poder hacer menús completos con lo que tenía en la huerta, lo que había en la alacena y lo que por gracia divina alguien vendía en el vecindario.

Es el momento del autocontrol y de pensar un poco más allá de mis nefastas ganas de playa, brisa y sol. Como diría mi abuela, de no comerse toda la torta caliente porque el dolor de estómago igual va a llegar. La vida, como ya lo dije, cambió para siempre, porque al parecer la vacuna se está tardando una eternidad, y es por eso que dependerá de cada uno de ustedes que nuestros campesinos sigan sanos y trabajando el campo, que el panadero no ponga en riesgo a sus aprendices y que la cadena de ventas siga siendo sana y cuidada por cada uno de nosotros. Aquí no sobrará el que diga: “Se enloqueció esta señora”, y tal vez sí, pero a mí sí me da algo de culillo tener que pensar que debo salir a la calle a encontrarme de frente con el vecino que cree que ser vivo es vivir del bobo.

Y para los que aún piensan como yo y prefieren tomarse las cosas con un poco más de calma, los invito a hacer un pedido en @elektra.food. De antemano advierto que es difícil dejar algunos productos después de probarlos, pues realmente producen fascinación. Tienen un yogur de coco de campeonato para quienes, como a mí últimamente, la leche no nos cae tan bien. Sobre la veganesa de siracha y albahaca les digo que es mejor pedir de una dos porciones, porque siempre van a querer ponerle un poquito más a todo. Las arepas de choclo frescas, que llegan en papel encerado, son maravillosas, pero lo mejor que tienen es la mantequilla de almendras y canela, que con pan de molde de quinoa y harina de arroz hace que pecar sea una delicia.

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