Por: Martín Jaramillo
#EconomíaParaMiPrima

Lecciones de Reagan, para mi prima

Al hablar con mi prima, he recordado que los niños tienen una atracción natural por los superhéroes. Cuando se conoce poco del mundo, una figura todopoderosa resulta una guía muy útil: siempre es más fácil una visión sencilla y simple del mundo, que cuente una historia de buenos y malos donde un salvador nos libera de todos los males. A veces los adultos se comportan como niños, convencidos de la infalibilidad de sus ideas políticas y se hacen al ideario de que quien no está en campaña política con ellos hace parte de los “malos”.

Conocer a mi prima menor ha sido una oportunidad de volver a pensar en héroes, y también de advertirle cuando un político caudillista pretenda posar por uno. Yo con los años le he perdido fe a los políticos, a su capacidad de ejecutar sus buenas intenciones y a las soluciones que plantean, que muchas veces terminan siendo peores que el problema. Supongo que con los años a mi prima le pasará lo mismo, mientras tanto quiero que conozca a quienes fueron mis ídolos: Margaret Thatcher y Ronald Reagan.

Ronald Reagan llegó a la Presidencia de EE. UU. en el año 1981 con la idea de un gobierno limitado y mercados libres. Reagan, como muchos, empezó su juventud política en la izquierda, haciendo campaña por el Partido Demócrata. También, como muchos, con los años fue girando a la derecha: terminó siendo candidato del Partido Republicano, un fiel creyente en la libertad del individuo y un escéptico natural del gobierno. 

Diez minutos después de ser elegido presidente, Reagan insistió: “El gobierno no es la solución a nuestro problema, el gobierno es el problema”. En su mandato se redujo la inflación que por años se devoró el poder adquisitivo de los ciudadanos, se redujo el desempleo y nombró a la primera mujer en la Corte Suprema de EE. UU. Duque quizás no tenga la oratoria, el carisma o la valentía de Reagan, pero podría aprender de la generosa aprobación que le dio el público por mantenerse fiel a sus principios.

Reagan pasó dos reformas tributarias con buen apoyo del Congreso. En su primera mostró voluntad política e hizo el recorte de impuestos más grande en la historia de EE. UU., una disminución sustancial del gasto y la eliminación de regulaciones innecesarias. En la segunda, Reagan no buscó recaudar ni más ni menos dinero (revenue neutral), pero sí simplificó el sistema tributario dramáticamente, eliminó las deducciones, créditos y exenciones tributarias que muchos vividores habían conseguido influenciando a políticos con dinero.

Duque, como Reagan, tuvo su oportunidad de bajar drásticamente los impuestos y no lo hizo. Terminó con una reforma que aumentó, en balance, los impuestos, y dilapidó todo su capital político en el proceso. A lo mejor se perdió la lección de la primera reforma de Reagan, pero de su segunda todavía podemos aprender algo: si Duque elimina los regalos tributarios (a los hoteles, “la economía naranja”, las inversiones en el campo, etc.), a lo mejor podría aumentar la equidad entre contribuyentes, aumentar su popularidad y pavimentar la ruta para bajar impuestos en el futuro.

Eso, prima, eso hubiera hecho Reagan.

 

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