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En respuesta al editorial del 23 de mayo del 2026, titulado “Senador Moreno, la democracia colombiana merece respeto”.
El editorial publicado por El Espectador parte de una premisa profundamente equivocada: asumir que el senador Bernie Moreno carece de legitimidad moral o política para opinar sobre el rumbo democrático de Colombia. Nada más distante de la realidad. Moreno nació en Colombia, conoce de primera mano la historia política nacional y, como cualquier colombiano —resida o no en el territorio nacional—, conserva pleno derecho a expresar sus opiniones sobre la situación institucional del país. Pretender silenciarlo bajo el argumento de una supuesta “injerencia” resulta no solamente contradictorio, sino peligrosamente selectivo.
La democracia auténtica no puede convertirse en un club cerrado en el que solo opinen quienes coincidan con el gobierno de turno. Si durante décadas sectores de izquierda reclamaron solidaridad internacional, observación extranjera y pronunciamientos de organismos internacionales cuando consideraban amenazadas las garantías democráticas, resulta incoherente que hoy se rasguen las vestiduras porque un senador colombiano-estadounidense manifieste preocupación sobre el desarrollo electoral del país. La libertad de expresión no puede defenderse únicamente cuando favorece ciertas narrativas ideológicas.
Más aún, el presidente Gustavo Petro debería ser el primero en actuar con prudencia antes de censurar las opiniones ajenas. Existe un viejo principio popular que conserva absoluta vigencia: “la ley entra por casa”. Y precisamente ahí es donde surgen las mayores contradicciones del actual gobierno. Petro llegó al poder proclamándose defensor de la institucionalidad y de las garantías democráticas; sin embargo, múltiples sectores han cuestionado el uso permanente de la tribuna presidencial para intervenir en el debate electoral y favorecer abiertamente a los candidatos cercanos a su proyecto político. Incluso editoriales y medios críticos han advertido sobre posibles vulneraciones al deber de neutralidad política que debe observar el jefe de Estado.
Resulta entonces paradójico que quien utiliza diariamente el aparato comunicacional del Estado para influir en el escenario electoral pretenda erigirse en guardián exclusivo de la democracia. La preocupación no surge porque existan opiniones externas, sino porque desde el propio poder se ha venido desdibujando la separación entre gobierno, partido y campaña política. Cuando recursos institucionales, plataformas oficiales y discursos presidenciales parecen alinearse en favor de un determinado sector, el debate deja de centrarse en la soberanía y pasa a enfocarse en la igualdad de garantías para todos los actores políticos.
Nadie puede negar que Colombia atraviesa un momento de profunda polarización. Precisamente por ello, las advertencias, observaciones y críticas —vengan de periodistas, ciudadanos, organismos internacionales o senadores de origen colombiano radicados en el exterior— deben asumirse con madurez democrática y no con ataques personales o intentos de deslegitimación. La democracia no se fortalece silenciando voces incómodas; se fortalece permitiendo que todas las opiniones circulen libremente, especialmente aquellas que cuestionan al poder.
Además, el propio presidente Petro ha construido buena parte de su carrera política apelando a la opinión internacional y denunciando actuaciones de gobiernos anteriores ante escenarios extranjeros. Por ello, descalificar ahora cualquier observación externa simplemente porque resulta incómoda revela una preocupante doble moral política. La crítica internacional era válida cuando beneficiaba a la oposición; ahora, según parece, se convierte automáticamente en “injerencia” cuando incomoda al oficialismo.
El senador Moreno no pierde su condición de colombiano por ejercer funciones públicas en Estados Unidos. Tampoco renuncia a su derecho de preocuparse por el país en el que nació. Su opinión podrá compartirse o controvertirse —como ocurre en toda democracia seria—, pero jamás debería censurarse mediante discursos que buscan descalificarlo por expresar inquietudes políticas. El verdadero respeto por la democracia consiste en tolerar la discrepancia, incluso cuando incomoda al gobierno de turno.