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¿Cuántas “Yulixa Toloza” entre nosotros?

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Fernando Carrillo Virgüez
01 de junio de 2026 - 05:00 a. m.
"Insisto en el valor probatorio, ético, moral, circunstancial y, sobre todo, vital de poner férreamente contra la pared a esos patrones de moda y belleza baratos y trasnochados": Fernando Carrillo Virgüez.
"Insisto en el valor probatorio, ético, moral, circunstancial y, sobre todo, vital de poner férreamente contra la pared a esos patrones de moda y belleza baratos y trasnochados": Fernando Carrillo Virgüez.
Foto: Archivo Particular
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En respuesta al editorial del 21 de mayo de 2026, titulado “No más víctimas como Yulixa, Laura Sofía o Mayerly”.

Aun cuando oportuno y certero, el editorial de El Espectador del pasado 21 de mayo se quedó corto a propósito del vil asesinato de Yulixa Toloza a manos de venezolanos con títulos espurios en medicina y cirugía, propietarios de un “centro de estética” más pirata que volverlo a decir, ubicado en el sur de Bogotá. Según entiendo, también tenían otra sede igual de irregular y antihigiénica en el norte. En fin, unos criminales en toda la extensión de la palabra.

Lo que ocurrió en ese centro, no de estética sino de muerte, fue oprobioso y condenable hasta más no poder. Procedimientos irregulares ejecutados por manos incapaces e incompetentes; materiales inadecuados y, muy probablemente, contaminados; espacios e instrumentos insuficientes, ineficaces y desaprobados. En fin, una verdadera “olla” disfrazada de centro de estética y belleza. Pero allá aterrizó Yulixa Toloza. Ilusionada y convencida de que saldría mejor de lo que llegó. Exponencialmente embellecida.

Y es ahí donde el editorial debería hacer énfasis también. Resaltar y reprochar no solamente lo atroz e imperdonable que fue la omisión de las autoridades respectivas en el ejercicio obligatorio de vigilancia sobre esas repulsivas clínicas “de garaje”, sino también la motivación personal o colectiva detrás del impulso que llevó a Toloza a someterse a ese procedimiento.

No la embellecieron. La liquidaron. Y no debería pasarse por alto la responsabilidad en la que eventualmente incurrió el entorno personal de Yulixa. No solamente su fuero interno, sino, ante todo, su círculo de amistades, que la habría “azuzado” a pagar por un significativo “cambio de look” que prometía ser la panacea.

Ciertamente, es ahí donde también hay que poner el dedo en la llaga; ahí debe concentrarse la mirada en aras de hallar responsabilidades colaterales. ¿Quiénes y por qué le recomendaron ese depravado lugar a Yulixa? ¿Qué tanto influyeron sus “amigas” —porque, según parece, así fue— para que ella se practicara una “lipólisis láser”? ¿Hasta dónde existió una presión social para que ella, intimidada y persuadida “a la fuerza” —por decirlo de alguna manera— corriera a buscar el primer antro de estética que encontró? Y del que, insisto, leí que otras amigas ya habían sido clientas, supuestamente con “resultados satisfactorios”. ¿Tenía pareja Yulixa? ¿Habrá sido también copartícipe de esa presión?

En fin, son interrogantes válidos sobre los que también las autoridades y, sobre todo, la sociedad, deberían hacer hincapié. Esa dimensión no solamente legal, sino emocional, social y externa de la víctima; y, por supuesto, la dimensión intrínseca: en qué punto se encontraba su autoconcepto, cuál era la imagen que tenía de sí misma y todo aquello que pueda abarcar esa herramienta fundamental y existencial llamada autoestima. Auscultar, desde las premisas y conceptos de la psicología, la psiquiatría, la psicología forense y demás disciplinas, el trágico desenlace de Yulixa Toloza resulta crucial.

Ese término tan trillado, pero tan relevante, de “presión social” merece seguir recibiendo la justa dimensión que reclama. Comprenderlo es de enorme importancia para entender e incluso evitar esos pasos en falso que muchos dan en la dirección equivocada y que, en ocasiones, terminan en la muerte, solamente por satisfacer a terceros; por darle gusto a un fenómeno de moda, pasajero y profundamente alienante.

Sin necesidad de ahondar en más detalles ni de aportar más elementos que sustenten este antieditorial, insisto en el valor probatorio, ético, moral, circunstancial y, sobre todo, vital de poner férreamente contra la pared a esos patrones de moda y belleza baratos y trasnochados; a esos estándares estéticos que atan, cohíben y asfixian a tantas personas, llevándolas —reitero— a tomar decisiones fatales.

@ferjedy

Por Fernando Carrillo Virgüez

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