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El bisturí clandestino y el espejo social

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Jaime H. Silva C.
25 de mayo de 2026 - 05:00 a. m.
"Vivimos en una sociedad que ha vuelto delito estético dos cosas profundamente humanas: engordar y envejecer": Jaime H. Silva C. *
"Vivimos en una sociedad que ha vuelto delito estético dos cosas profundamente humanas: engordar y envejecer": Jaime H. Silva C. *
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En respuesta al editorial del 21 de mayo de 2026, titulado “No más víctimas como Yulixa, Laura Sofía o Mayerly”.

El editorial de El Espectador del 21 de mayo, “No más víctimas como Yulixa, Laura Sofía o Mayerly”, acierta en su denuncia central: el Estado colombiano llega casi siempre tarde a los centros estéticos clandestinos donde mueren personas anónimas. Las cifras que cita el diario son demoledoras: 129 operativos y 173 visitas de inspección en 2026, y aun así Yulixa Toloza terminó muerta después de una liposucción practicada por alguien sin licencia. La exigencia editorial a las autoridades es legítima y necesaria. Pero está incompleta.

Lo que el editorial no pregunta —y conviene hacerlo— es: ¿por qué una mujer de 52 años, o de 23, o de 32, llega a una mesa improvisada en un barrio popular para que un desconocido la opere? La respuesta no está solamente en la negligencia institucional. Está, también, en el espejo colectivo que hemos construido y al que cada mañana le pedimos su aprobación.

Vivimos en una sociedad que ha vuelto delito estético dos cosas profundamente humanas: engordar y envejecer. El cuerpo aceptable es delgado, firme, depilado, joven. La vejez ya no es una etapa con dignidad propia, sino un defecto que hay que corregir con cremas, bótox, tintes para el pelo y bisturí. Las redes sociales, la publicidad, la televisión y buena parte de la conversación cotidiana repiten el mismo mandato: debes ser delgado y aparentar menos años.

Esa presión no se distribuye democráticamente. Quien tiene recursos accede a una clínica habilitada y a médicos con registro. Quien no los tiene —la mayoría— escucha la misma orden social sin disponer de los mismos medios para acatarla. Ahí aparece el procedimiento “poco invasivo” y barato en el establecimiento pirata. La pobreza no exime del mandato estético: lo vuelve más peligroso. Yulixa, Laura Sofía y Mayerly no son víctimas únicamente de un sistema sanitario laxo; son víctimas, además, de una cultura que les enseñó a no aceptar su propio cuerpo y de un mercado que aprendió a sacarle provecho a eso.

No se trata —y aquí conviene ser precisos para no caer en la simplificación— de condenar a quien decide intervenir su cuerpo. La autonomía sobre nuestro cuerpo es un derecho, y la medicina estética, practicada en condiciones de seguridad, es una opción legítima. La crítica no apunta a quien elige, sino a la fábrica social que produce esa elección como casi obligatoria y al mercado que ofrece atajos mortales cuando los caminos seguros son inalcanzables.

Por eso, cuando el editorial pide a las autoridades que verifiquen títulos académicos, hace bien; pero la prevención no puede empezar el día en que la paciente busca el procedimiento. Empieza mucho antes, en lo que vemos, leemos y consumimos. Empieza en los anuncios que prometen “bajar dos tallas en una semana”, en los filtros que borran las arrugas, en los comentarios sobre el cuerpo de las niñas en la mesa familiar. Empieza en la idea, tan instalada que parece natural, de que tener cincuenta años es un fracaso por el que hay que pedir disculpas. Por eso mucha gente se rehúsa a utilizar audífonos medicados, aun necesitándolos: porque, a diferencia de las gafas, este aparato es visto como sinónimo de vejez.

La historia se repite, en efecto, con ligeros matices, como bien advierte El Espectador. Pero se repite porque atacamos el síntoma y no la enfermedad que lo alimenta. La inspección sanitaria salvará vidas, sin duda. Una sociedad que aprenda a mirar con naturalidad la gordura y la edad salvará muchas más.

* Historiador.

Por Jaime H. Silva C.

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Berta Lucía Estrada(2263)Hace 40 minutos
Muy buena reflexión; aunque yo sí creo que las mujeres que se someten a una cirugía estética, sólo por vanidad, podrían evitar someterse a esa tortura. Si deseamos cambiar los paradigmas de una belleza fatua, y de una búsqueda de la eterna juventud, debemos combatir esta seudocultura de la liposucción o de cirugías rejuvenecedoras. Y no, no es misoginia; es saber aceptar el paso del tiempo. No le tengo miedo a la vejez, es normal y vivo muy bien con mi cuerpo.
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