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En respuesta al editorial del 9 de marzo de 2026, titulado “Colombia eligió con entusiasmo y tranquilidad”.
En cifras generales, el volumen alcanzado en las votaciones del domingo 8 de marzo de 2026 fue un éxito. Definitivamente, el pueblo, a pesar de lo desacreditada que está la democracia y los entes de control directamente ligados a la supervisión y el escrutinio, salió en masa a “defenderla”. A seguir apostándole a una democracia herida y por décadas menospreciada, ciertamente. Decapitada, prácticamente.
Obvio, no faltaron los escándalos y denuncias, en cantidades que no deberían pasar de soslayo: mesas destrozadas, urnas incineradas, votos alterados o, burda y descaradamente, inflados; bolsas de dinero destinadas a comprar conciencias; malandros intimidando gente; en fin, la lepra de la corrupción arrasando todo a su paso. Lepra inmunda que nunca va a faltar a la hora de “politiquear” o elegir politiqueros. Las náuseas que produce saber que, en determinadas regiones, los votos favorecieron a politiqueros —verdaderos hampones y caníbales del erario— no tienen nombre.
Lo más asqueante es tener la certeza de que el pueblo no elige corruptos porque sí, por placer o porque les nazca. Lo hacen porque les toca. O porque les tocan… el bolsillo, no el alma ni la conciencia propiamente. Esa aborrecible y condenada compraventa de votos, a cambio de un insípido y rancio “plato de lentejas”, es de lo más ruin, sucio y miserable que puede haber. En fin.
No menos asqueante, a propósito de los politiqueros y su demoníaca e insaciable sed de votos, es verlos peleando a muerte por un jugoso y rentable escaño en el “honorable” —y pútrido— Congreso de la República. Cual aves de rapiña, carroñeras desbordadas y posesas, excretan babaza por doquier, relamiéndose su monetizada lengua y su mugriento espíritu, haciendo cálculos por cada curul obtenida y por las que Satanás quiera poner de más en su haber preciado.
No hay partido politiquero que se salve. Los tradicionales, con su bandera roja de infamia e inaudita decrepitud, y los azules, longevas, sedientas, oportunistas e indómitas pirañas. Los que, con Biblia en mano, invocando el nombre de Dios, ceban al diablo, extorsionando a sus burlados feligreses para que voten por ellos; y otro tanto de cloacas políticas que solo sirven para minar todavía más la deprimida y vulnerada democracia.
A pesar de todo lo emético que resulta lo anterior, insisto: el volumen de la votación en Colombia para las consultas y para elegir “HPs” (Honorables Parlamentarios) fue significativo. Y, por supuesto, muchos fueron los votos a conciencia que se depositaron libremente y contados bajo la lupa de la honestidad y la transparencia, presuntamente.
Le auguro a la votación para elegir al próximo presidente o presidenta un aplastante éxito contra la abstención, después del “abrebocas” de las elecciones pasadas. Ojalá, eso sí, se triplique el control, la supervisión y el auditaje en las respectivas mesas de todo el país. Y se le pueda garantizar a la nación, siquiera en un porcentaje sensiblemente alto, unos conteos y unos resultados limpios que coincidan con la voluntad libre, y sin intimidaciones, de quienes depositan un nombre en las urnas y no una amañada estrategia más de la empresa corrupta y criminal que, muchas veces, doblega, cercena y fulmina la democracia.