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En respuesta al editorial del 15 de agosto de 2025, titulado “Se debe proteger la vida de quienes ejercen la política”.
Que quede claro: la vida es invulnerable. No la vida de “los míos” o de “mi orilla”, sino la de cualquiera, sin importar ideología, oficio, origen o nombre. No hay muertos “más importantes” que otros. Como se ha recordado incluso en las páginas de este diario, es urgente indignarse y actuar no solo ante el asesinato de líderes políticos, sino también frente a la violencia contra líderes sociales, mujeres, jóvenes, defensores ambientales, personas LGBTIQ+, comunidades indígenas y campesinas. La jerarquía de duelos es un síntoma de una sociedad enferma.
En un país polarizado hasta la médula, los medios de comunicación no pueden seguir administrando el dolor como si fuera combustible editorial. Foucault advierte que “cada sociedad tiene su régimen general de verdad” y que este se construye a partir de “los tipos de discursos que ella acoge y hace funcionar como verdaderos” (El orden del discurso). Si los medios encuadran la tragedia en función de la agenda política del día, más que proteger la vida, refuerzan un régimen de verdad que distingue entre muertes dignas de luto y muertes destinadas al olvido.
Estanislao Zuleta, lúcido como siempre, nos recuerda que todo poder —incluido el mediático—, si no está controlado por aquellos sobre quienes se ejerce, “tiende al abuso”. Para que sea legítimo, debe ser disputable, discutible y sustituible. El periodismo, en este sentido, no es un púlpito moral desde el cual repartir certificados de humanidad, sino un oficio que debe dejarse interpelar por las víctimas y la ciudadanía, no solo por la lógica de la audiencia o la coyuntura.
La responsabilidad ética de la prensa implica no hacer jerarquías de vidas ni convertir las muertes en mercancía informativa. La cobertura de un asesinato político debe ir de la mano con la cobertura de los asesinatos de líderes comunitarios, las desapariciones forzadas, los feminicidios, las masacres rurales y las muertes silenciosas provocadas por la pobreza. No como una suma de tragedias aisladas, sino como la muestra de que estamos fallando como sociedad en proteger lo que es indivisible: la dignidad humana.
Indignarse solo por ciertas vidas es una forma de complicidad. Y el silencio, otra. La ética periodística no puede ser selectiva. Si queremos que la democracia respire, la prensa debe dejar de alimentar el fuego de la polarización y, en cambio, poner su voz al servicio de toda vida amenazada. La vida no tiene orillas; lo que sí tiene orillas —y bien marcadas— es la responsabilidad que cada medio asume o elude.