Por G. Muñóz
A pesar de que según los acuerdos firmados llegaría el día, en cierta manera hemos sido sorprendidos por las imágenes del desplazamiento de más de 6.000 combatientes con sus armas y equipaje de vida al hombro. Aquellos a quienes hemos visto a través de los medios dirigiéndose desde recónditos lugares de la geografía nacional hacia sus respectivas zonas de agrupamiento, se atienen a la buena fe y a que sea honrado lo pactado.
Tristemente los espacios para alojamiento transitorio a donde deben llegar estos compatriotas no están completamente disponibles aún. Otro nubarrón en el horizonte de tantas tormentas que han acompañado esta guerra. Como siempre, tendremos razones excelentes para justificar el abandono que ostenta esta fase de los acuerdos. Dentro de los vericuetos del Estado y su clara ineficiencia para gestionar y administrar, la más simple tarea se convierte en un objetivo kafkiano que solo parece moverse cuando los intereses del cacique o del funcionario son invocados. Mucho necesitamos que este primer paso de infraestructura funcione. Debemos ser denodados anfitriones para estos compatriotas que en mala hora perdieron su rumbo y han sido partícipes de la locura de la guerra, el fratricidio y la polarización del pueblo. Es una buena estrategia que ellos, los hoy exguerrilleros, construyan sus propios espacios, pero la infraestructura debe proporcionarse y cada cual debe ejecutar lo suyo con eficiencia y calidad.
Sobre la conveniencia y significado para el país de lo que ya ha representado el cese al fuego bilateral, la terminación de atentados, emboscas, voladura de oleoductos, etc., las estadísticas gritan que este debe ser el camino. Debemos hacer conciencia de esta realidad y prendernos de ella para contar con fuerza y ánimo en este muy complejo camino.
Es un buen momento para que los fieles y disciplinados seguidores de las iglesias cristianas y otras que enseñan sobre el perdón y acatamiento del hijo prodigo, demuestren su firmeza con su credo en esta tierra. Ser creyente no puede ser solo reunirse a hacer alabanza y declararse pecador, la mejor forma de dar testimonio y enseñar la fe es con el ejemplo y con la vida misma.
Hasta una periodista ha opinado: valiéndose del micrófono que se le da como herramienta, dice que no hay nada que extrañar, ni pedir. Que las condiciones de vida hoy proporcionadas en las zonas de agrupamiento, no importa que no cumplan unos mínimos estándares para la “guerrillerada”, pues están acostumbrados a peores condiciones de vida. Comentarios como este nada aportan al país, ni a la convivencia civilizada que anhelamos construir. No hemos podido como Estado terminar esta guerra por décadas, debemos pues ser pródigos en ofrecer lo adecuado, sin excesos ni endulzantes a quienes inician la vida dentro de la civilidad y las leyes. Además de críticas, no se aportan ideas, ni se propone un plan alternativo para de verdad terminar la guerra; así que aunque seamos críticos de los métodos y procederes de este gobierno, debemos ser solidarios, prestos al apoyo, para que este proceso funcione. Tenemos una tasa de desempleo alta y con tendencia a aumentar, debemos ser creativos con los escasos recursos existentes para responder al reto que representa insertar un grupo humano difícil y con necesidad de ser escuchado. La etapa de inserción en la sociedad con trabajo, vivienda, condiciones dignas para quienes en muchos casos ni conocen, ni han vivido la convivencia en la sociedad que hoy compartimos, es el reto y debe ser un objetivo de Estado.