Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
En respuesta al editorial del 21 de septiembre de 2020, titulado “El problema de la lealtad ciega”.
Corría el año 1958 cuando el Gobierno de Mao Zedong implementaba en China su proyecto político, económico y social, denominado Gran Salto Adelante, el cual pretendía convertir a su país en una superpotencia industrial en el lapso de 15 años. Como parte del proyecto se decretó el exterminio de los gorriones y, a partir de ese momento, estas aves fueron graduadas como enemigos públicos desde todos los estamentos del Estado, pues se vendió la idea de que consumían el grano de la cosecha de los campesinos y que la profunda pobreza en la cual se encontraba sumida la gran nación se debía a estos animales. La matanza no se hizo esperar: unos ciudadanos irreflexivos, enardecidos y manipulados por su líder se dieron a la mortal tarea y mediante el uso de agentes químicos, acústicos y mecánicos, uno a uno y durante tres años, los temibles enemigos fueron cayendo hasta el punto de casi desaparecer. En abril de 1960, cuando Mao ordenó suspender la matanza de las aves, ante la evidencia abrumadora de su error, enjambres de langostas e insectos de todo género que se habían multiplicado por millones ante la ausencia de los gorriones, sus controladores naturales, ya arrasaban los cultivos y sumían en la más triste hambruna a buena parte del país asiático. El historiador holandés Frank Dikötter calcula que fallecieron 45 millones de ciudadanos chinos a consecuencia de la hambruna generada por las decisiones del gobierno de Mao.
Este aterrador pasaje de la historia de la humanidad, que aparenta ser una fábula más de Rafael Pombo, Esopo o Samaniego, pero no lo es, hoy parece repetirse con inusual perfección en la actualidad colombiana, con cada uno de sus ingredientes nefastos: manipulación de masas, destrucción irreflexiva, enemigo común y consecuencias irreparables para el ciudadano y el país. En la Colombia contemporánea los gorriones pueden ser cualquiera, es solo cuestión de tiempo. Ayer, durante la pandemia, nuestros médicos, cuántas veces agredidos y amenazados por “representar una amenaza para la salud de muchos”. ¡Qué barbaridad! Hoy le correspondió el turno a la Policía Nacional, esa institución que lucha día a día por sostener sobre sus hombros la pesada carga de velar por una Constitución que muchos no respetan y aplicar unas leyes medianamente aceptadas cuando se acomodan a los intereses personales de cada quien. Esa Policía que ha sabido, a fuerza de sacrificio, contener el avance avasallador de terroristas, narcos y asesinos, y que hoy, desde algunos sectores, sufre el poder aniquilador de terabytes de desinformación, prejuicio y amarillismo.
Todos los hombres somos iguales ante Dios y la ley, todo aquel que cometa un delito ha de responder ante estas dos instancias. Es cierto que los policías no tienen más derechos que el resto de ciudadanos, pero tampoco menos, y es esa justicia, que las hordas de vándalos reclaman pero a la vez pisotean, la que encontrará la verdad. La facilidad de mutación ética y política que disfrutan muchos en Colombia está vetada para el policía. Su actuar apegado a un código de ética, a una Constitución, a unas leyes y unos reglamentos ha de mantenerlo siempre en un verdadero campo minado, el cual por vocación juró transitar y desactivar.
¿Se pretende en Colombia, como en la estrategia de Mao, debilitar, dividir y aniquilar la instancia encargada de controlar lo nocivo de la sociedad? ¿Despertaremos en unos años en una patria como la China de 1960, con enjambre de todo lo indeseable para la prosperidad de un país: vándalos, terroristas y delincuentes de todo género multiplicados por millones ante la ausencia y el debilitamiento sistemático de su Policía , sus controladores naturales, arrasando nuestra economía, el libre mercado, la iniciativa empresarial, el empleo, la propiedad privada y generando la más triste hambruna y anarquía?
Estoy de acuerdo con las voces de reforma y transformación, no de una institución y sí de todo un país; la transformación moral de quien ve como natural y justo que delincuentes pretendan quemar vivos a sus policías; de la severidad y prejuzgamiento de algunos medios de comunicación con todos los policías, y la benevolencia con quienes destruyen la ciudad en acción premeditada y coordinada. La transformación del discurso y del actuar oportunista de algunos alcaldes que ven como enemigos a sus policías, que se adueñan del éxito del policía y lo condenan y abandonan en la adversidad. Del populismo que pretende supeditar la ley y el orden al caos, la anarquía y la destrucción. Ser policía no ha sido fácil y nunca lo será. Su vida, su libertad y su prestigio penden de un frágil hilo que cada tanto se quiere destruir; es el hilo que sostiene Dios.
*Mayor general (r).