A la humanidad aún le falta mucho para entender y definir a cabalidad el trascendental significado de la pobreza.
Perfectamente puede ser “pobre” el hombre más millonario del planeta…
Y, aquel “pobre” de espíritu, solidaridad, valores, piedad y afecto, seguramente es de los hombres el más miserable de todos.
Pero, hacia el ahondar en esta interesante disertación no se van a dirigir propiamente estas líneas. Por física falta de espacio.
Ahora bien, en cuanto atañe a lo difícil que es salir de la pobreza, no lo veo tan “casi imposible”. La principal razón de por qué millones no salen de la pobreza, es “muy simple”: No tienen ni disciplina ni fuerza de voluntad para resurgir. Y muchas veces, una autoestima en decadencia no se aparta de la pobreza, jamás. En cambio, sé de muchos ejemplos de vida que se han desmarcado de la miseria con gran esfuerzo y voluntad. Constancia y disciplina. Al margen de la pauperización laboral y la martirizante realidad nacional. (Esa misma que el editor desconoce, no sé aún si con agudo y extraordinario sarcasmo, o reprochable inocencia).
Aun cuando me opongo a que se encapsule la inopia, condición aludida como un estado indisoluble, irreparable, inmodificable, cíclico y perenne, no hay que desconocer que las vías de salida lícitas que el gobierno provee son endiablada y tangiblemente limitadas. Y es en tal sentido que enfilo mi argumento en contra del postulado esgrimido en el editorial.
El “mercado persa” en Transmilenio, la desbordada delincuencia común traducida en atraco callejero y en buses, el fleteo, los “apartamenteros”, la prostitución infantil, la extorsión y la indigencia palpable (entre otros frentes), desvirtúan las ampulosas y dicharacheras estadísticas del gobierno de turno. La elocuencia y veracidad de las cifras expuestas está muy en entredicho. La pobreza en Colombia, se percibe; a diario se descubre, se palpa, se siente, se huele, se respira.
“Por la faja” me paso las superfluas y embelesadas albricias del Gobierno en el descenso de los índices de pobreza a nivel nacional. Que se fundan en el silencio los inmerecidos aplausos mediáticos.
No sé qué asidero tiene el regocijarse como lo hace la administración en materia de disminución de la pobreza, cuando la miseria que transpiran los estamentos menos favorecidos, se torna cada vez más densa y penetrante. “La fiebre ha bajado”… pero hasta las gónadas… y amenaza con hacer cada vez más infecunda, desgraciada y amenazante la paupérrima realidad preponderante.
Corolario de lo anterior, magnífico sería que el fabuloso Dante resurgiera del cielo donde se halle y caminara los senderos reales de la pobreza; nos narrara en cifras reales qué tan concurridos son y cuán agónicos los gritos desesperados que de allí rechinan. Escrutara el “limbo” entre las mentadas clases socioeconómicas, ojalá ilustrándolas al detalle y desinteresadamente, e irrigara finalmente, a la luz, cifras más certeras de los círculos que estrangulan a la densa “movilidad social” que entre categorías se empujan entre sí para no caer en las brasas del “infierno”. Esos carbones hirvientes, tan lejanos al “Paraíso” (No siempre lleno de preciosos himnos y coros litúrgicos).
* Fernando Alberto Carrillo Virguez