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Ni impunidad utópica, ni hacinamiento asesino

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Antieditorial
03 de noviembre de 2014 - 03:00 a. m.
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El hacinamiento en las cárceles no es una verdad que deba ignorarse ni mucho menos asumirse como merecida para aquellas personas que cometieron errores de distinta gravedad en su vida; esta realidad no sólo se debe aceptar —puesto que en este país se suelen dar atisbos de verdad en los medios, cuando la realidad se desborda ante los ojos del mismo, en este caso cuando se desbordan los presos de las cárceles—, sino que debe asumirse y cambiarse.

Pero ¿es la solución la flexibilidad en las condenas o un sistema débil de justicia en el país? Permitir que cada quien haga lo que le plazca: robe, asesine, infrinja, etc., y sea enviado a su casa o “soltado” en libertad para evitar el hacinamiento, ¿es el modus operandi que debe empezar a ejercerse? Creo que no.

Esa tendiente misericordia que demuestran muchas personas alrededor de estas temáticas, en las que sus comentarios en redes sociales, arengas y demás los convierten en autonombrados defensores de los derechos humanos de los presos, terminan en el momento en el que un simple viaje en Transmilenio los deja sin celular, billetera o, en el peor de los casos, con una herida por vandalismo común. Ahí, y pareciera que solamente ahí, la sed de justicia emerge desde lo más profundo del corazón y de las entrañas de estos que en momentos pasados pudieran hacerse pasar por funcionarios de la ONU o de cualquier entidad defensora de los DD.HH.

Se niega y contrapone la idea de construir más cárceles, de incrementar las condenas y ser más rígidos —por decirlo de alguna manera— con las penas que se imponen. Es decir, para evitar y eliminar el hacinamiento en las cárceles, que produce tan atroces violaciones a los DD.HH. de los presos en Colombia, ¿se deberían establecer algunos tipos de libertad, malear las condenas y mitigar la fuerza en las mismas? O al parecer es lo que estas contraposiciones permitirían pensar. Y si es así, ¿en qué se convertirían la justicia y la delincuencia respectivamente en este país? Definitivamente se convertiría “inconscientemente” en una correspondencia; en prácticamente una figura de camaradería en la que quien roba se presentaría con total tranquilidad ante la “justicia”, pues en este orden de ideas que se plantea, por ese tipo de delitos no se va a hacinar presos en las cárceles. El que comete homicidio tendría una pena corta en el centro de reclusión y luego sería enviado a la comodidad de su hogar para culminar la condena y, si confesara, posiblemente no le haría falta el tiempo de casa por cárcel.
Definitivamente no es una contraposición que genere soluciones: ni paliativas, ni reales.

Por otra parte se encuentran aquellos que tierna y utópicamente plantean ideas que, como ideas posiblemente realizables, serían perfectas y resultarían en soluciones veraces y asertivas, ideas como la de: “la resocialización de la persona”.

Para llegar a procesos como este, nuestro país debería estar al menos preparado para socializar a aquellos que deben entrar en “sociedad”: los niños —por ejemplo—; y en este punto el interés apenas ha comenzado a ser prioridad del Estado. ¿Qué podremos decir de dichos procesos de resocialización?
Así, finalmente, debería pensarse, al menos en la inmediatez, en una solución intermedia en la que no se deba esperar que termine el hacinamiento entre muertes y muertes o desapariciones, pero que tampoco dé implícitamente un aval para delinquir; se deberían construir más espacios —físicos y conceptuales— en los que cada quien asuma las consecuencias de sus actos, pero que a la vez sea acompañado en su proceso a la resocialización.

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