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Publica este diario en su editorial “Algo ya iba mal”, del 12 de marzo, los más certeros indicadores del estado ambiental de Colombia. Para, tomando los términos allí usados, ‘sincerarnos’, el asunto va más allá de las cifras compartimentadas y los modelos matemáticos.
Este asunto, que desde luego no cobija sólo a Colombia, sino al mundo entero, es claramente la guerra del mundo. Pero esta guerra es unilateral y en su núcleo proviene de los valores dominantes, que en el mundo físico se reflejan en lo que el filósofo canadiense y catedrático emérito de la Universidad de Guelph en Canadá ha denominado “La fase cancerígena del capitalismo”.
El análisis de McMurtry, desde la primera publicación de su obra en 1999, contempla el predominio absoluto de las secuencias de dinero por sobre todo lo demás (capital ecológico, social y de la vida) como el cáncer que carcome al mundo. Y esto no es una metáfora, las secuencias de dinero se nutren de su huésped, sin que el sistema inmune de este lo percate, automultiplicándose hasta la subsecuente muerte del organismo, tal y como opera un cáncer.
Hablar de este tema es tabú, de hecho, es a lo que McMurtry llama “el tabú ancestral”, el cual opera desde hace milenios tanto en Oriente (con la destrucción ecológica actual de China o de los bosques de Indonesia, por sólo mencionar dos casos) como en Occidente. Cuestionar el orden socioeconómico de la época, en cualquier época, es fuente de rechazo, ostracismo y, en no pocos y significativos casos, la muerte.
Retomando el tema, el mal de nuestro tiempo es partir de presupuestos insostenibles: destruir la Tierra para avanzar, hoy un supuesto dominante e incuestionable en prácticamente todas las culturas. Tener a las secuencias de dinero como lo único merecedor de ser tenido en cuenta, secuencias completamente desacopladas del mundo real y de la vida, es otro supuesto inamovible. Por esto, para ser sinceros, es tiempo de poner a las secuencias de la vida en el primer lugar, y no sacarles de allí.
Toma más que este espacio desarrollar la tesis, pero valga la siguiente premisa guía: “vida que crea más vida sin pérdida de vida alguna”. Partir de esta premisa es el terreno fundamental. Valga destacar que a finales del siglo pasado se propuso un PIB verde, que se trató de implementar para contabilizar las pérdidas de los bosque de Chile, y a un nivel más amplio en el Consejo de Asesores Económicos del presidente de los Estados Unidos; esta iniciativa fue derrotada por el poderoso conglomerado del carbón y su asesor abanderado, Joseph Stiglitz, hoy nobel de Economía, hecho a un lado.
De los muchos casos de Colombia, está la tala indiscriminada de sus bosques en el Magdalena Medio, lotes sin árboles, talas hasta el borde del principal río del país y sedimentación en el que en muchos de sus tramos ya no se puede navegar ni en chalupa, e inundaciones desbordadas, todo por darles prevalencia a las secuencias de dinero reflejadas en grandes tierras poco productivas y cabezas de ganado.
No podemos regirnos por el texto canon de la economía (antieconomía) moderna de Ronald Coase y pretender que un empresario que contamina le va a pagar a otro empresario para que descontamine. Esta es, sin duda, la expresión máxima de la desconexión vital de nuestro tiempo.
Economía y ecología comparten la misma raíz, eco. Es hora de conectarse con la Tierra.
Adenda: Ya en 2003, el profesor J. Diamond en su charla TED, mencionaba explícitamente el colapso de Colombia.
